Los archivos del Pentágono: primeras planas

En el nuevo film de Steven Spielberg encontramos buenas intenciones, el idealismo propio del mejor cine clásico americano, pero unos resultados artísticos más bien discretos.

Los archivos del Pentágono es -para mí- la historia de una mujer, Kay Graham, que en los años 60 asumió la presidencia del periódico The Washington Post, siguiendo los pasos de su padre y de su marido. La trama principal de la película nos cuenta cómo Graham tuvo que enfrentarse a un mundo de hombres para dirigir su periódico, tomando encima decisiones tan complicadas como enfrentarse -o no- a la administración de Richard Nixon. Interpretada por una Meryl Streep tan solvente como siempre -ha vuelto a ser nominada al Oscar- el problema de esta película -también nominada- es que la historia de Graham debe coexistir con otra trama igual de interesante, la de su título, esos archivos top secret que ponían en evidencia el desastre que estaba siendo la guerra de Vietnam. Esta trama, que muestra el ideal periodístico -enfrentarse al poder y sacar a la luz sus trapos sucios- está protagonizada por Tom Hanks -como el periodista Ben Bradlee-. Si bien ambas historias van necesariamente de la mano, creo que se restan la una a la otra. Y si Streep está francamente bien, Hanks no sale bien parado. Su personaje es antipático, en un bienvenido cambio de registro con respecto a los gentiles hombres buenos que siempre interpreta; pero el actor de El puente de los espías (2015) compone a este defensor de la verdad a brochazos. También es cierto que su papel no tiene demasiada enjundia -el de Streep está mucho más desarrollado-. Lo mismo ocurre con un elenco de secundarios desaprovechados, actores estupendos sacados de la mejor televisión actual: Sarah Paulson de American Horror Story, Bob Odenkirk de Better Call Saul, Carrie Coon de The Leftovers, Jesse Plemons de Black Mirror, etc. Cada uno de ellos tiene un papel pequeño, a veces minúsculo: les faltan detalles humanos, específicos, a estos personajes para hacernos sentir que están vivos. Esto a pesar de contar con el guionista de Spotlight, Josh Singer.

Se ha dicho que esta es una película urgente, rodada en menos de un año por la necesidad histórica de responder a Donald Trump con una historia edificante y feminista. Pero en ella encontramos también al Steven Spielberg más plano, visualmente, de toda su carrera. Si el director de Tiburón (1975) se ha caracterizado por secuencias vibrantes, por narrar siempre en movimiento, por una planificación exuberante, aquí encontramos planos estáticos y cierta dependencia de los diálogos y de los -grandes- actores para hacer avanzar una historia necesaria, pero sin pulir.