Alabada por la crítica, Little Joe, a pesar de su título juguetón, es un ejercicio angustioso con una puesta en escena radical. La directora austriaca Jessica Hausner hace gala en su quinta película de un rigor en la puesta en escena digno de un maestro como David Cronenberg. De una forma absolutamente coherente con su premisa argumental, Hausner utiliza planos prácticamente fijos, limitando al máximo los movimientos de cámara, cuidando mucho los colores -básicos pero apagados- de cada imagen, en lo que casi parecen las viñetas de un cómic. Mantiene sus planos Hausner hasta el extremo de permitir, en más de una ocasión, que los personajes humanos desaparezcan de delante del objetivo, en una clara metáfora de las intenciones de su historia. En el mismo sentido, las interpretaciones de sus actores –Emily Beecham, Ben Whishaw– se mantienen hieráticas, bressonianas, precisamente para evitar que el espectador resuelva el enigma de la cinta.

Los personajes de Little Joe mantienen la distancia social, usan guantes, mascarillas y batas de laboratorio, como anticipándose a lo que será la ‘nueva normalidad’ tras el coronavirus. Se besan como robots. Y es que el argumento, del que todavía no he hablado, propone un experimento genético, una pequeña flor capaz de propagar un virus que podría modificar las emociones. Hausner propone algo así como una revisión abstracta de La invasión de los ladrones de cuerpos (1966), que lo mismo invita al terror, que insinúa un humor soterrado -del que da pistas el propio título- y que puede hacernos pensar, por qué no, en una versión minimalista de La pequeña tienda de los horrores (1960). Con estos elementos, Hausner se permite hablar de temas como la normalidad, el individualismo, la imposibilidad de la felicidad plena y los terrores de la maternidad.