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“Skagboys”, Irvine Welsh (Anagrama, 2014)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Como muchos otros, leí Trainspotting tras disfrutar con la generacional, fastuosa adaptación cinematográfica de Danny Boyle. Como otros tantos también, Ewan McGregor, Renton en la película, y sus compinches, se convirtieron en una especie de icono adolescente. Lo mismo pasó con su celebrada banda sonora —juraría que mi hermano y yo estábamos tan pesados con Lust for Life que mi padre la acabó comprando—. Por supuesto, devoré el libro, junto a En el Camino de Kerouac y Alta Fidelidad de Hornby diría que las lecturas más compulsivas, por absorbentes y veloces, que servidor haya acometido jamás. Sin embargo, no he sido ni mucho menos un lector fiel de Welsh, por pensar —creo que acertadamente— que tanto la temática de sus obras como su estilo me podría parecer reiterativo y llegar a cansarme. De este modo, en pequeñas dosis suministradas a lo largo del tiempo, el escritor más famoso de Leith no ha perdido un ápice de mordiente o interés para mí década y media después. Y así llegamos a Skagboys, precuela de Trainspotting que Anagrama nos ha traído en este 2014, veinte años después de que su autor concibiese a sus personajes más celebrados. Ni que decir tiene que la expectación era máxima.

Que curiosa es la memoria, y que malas pasadas juega a veces. Los años habían creado una especie de imagen, si bien no benévola, si amistosa, cercana con los personajes de Trainspotting. El cariño de una lectura “importante” para uno, supongo. En ese sentido, Skagboys, ha supuesto una sacudida, un giro de 180 grados de vuelta a la realidad encapsulada en sus páginas. Todo un bofetón. ¿Qué digo un bofetón? Una paliza tan demoledora que ni Begbie en su hora más despiadada. Y es que los protagonistas del libro son, salvo un par de excepciones y algún importante matiz a considerar, auténtica escoria.

Claro está, el matiz es la heroína, elemento clave de la historia y terrorífica “bola de nieve” ante el que todo Leigh y, por extensión, toda Escocia, parece sucumbir. Una juventud abocada al jaco en unos años ochenta desoladores para la clases medias y bajas. Welsh, más político y reflexivo que nunca, comienza el libro con una vibrante huelga minera reprimida con salvaje violencia por la policía e intercala, a modo de hirientes punzadas, como el paro, la falta de oportunidades, el terror de la dictadura de Margaret Thatcher —todavía hoy el mundo paga su infamia neoliberal, y lo que nos queda— hizo trizas el futuro de una generación. Welsh no es Ken Loach, pero el mensaje es claro: la principal responsable de la proliferación de la droga y el SIDA en Reino Unido fue ‘Maggie’.There is no future in England’s dreaming…

Eso no quiere decir que Welsh justifique las acciones de sus adictos personajes. Ni mucho menos. El caldo de cultivo ya existía en el hooliganismo y la violencia asociada al fútbol, en la mal llamada cultura del bar… Pero la “guerra”, mejor dicho, el aplastamiento de la clase obrera en los ochenta en nombre del mercado exigía un inhibidor de las emociones mucho más radical, efectivo y adictivo para una población abocada al fracaso: la heroína. Con ese contexto el escritor escocés elabora un fresco portentoso y poliédrico, donde la ciudad de Leith se transforma tanto en un microcosmos digno de estudio sociológico como en una especie de Sodoma y Gomorra por obra y gracia de los “polvos blancos”. Begbie y Renton simbolizan ese cambio de paradigma que en realidad convive con el miserable “nuevo mundo del jaco”. Begbie es el epítome del matón clásico: fútbol, violencia, crimen, con la sola aspiración de mantener su posición “de gallo del corral” el mayor tiempo posible. En cambio, Renton es el chico con “posibilidades”, cabeza, inquietudes, al que los miedos, la corriente social, pero también un nihilismo inherente se llevan por delante. Entre ambos, hijos de p*** con Sick Boy a la cabeza —algunos de sus pasajes hielan la sangre—, y varias balas irreversiblemente perdidas como Spud o Keezbo, demasiado estúpidos para salir de la espiral en la que se han metido, demasiado débiles para enfrentarse a ella, o demasiado frustrados para pensar en hacer algo distinto.

Pese a la extensión de Skagboys, el hecho de ser una novela coral con proliferación de voces hace que el ritmo no decaiga y, además permite disfrutar de Welsh jugando con diferentes registros —genial el diario de Renton—, en el que sin duda es su trabajo más ambicioso. A su característico y energético sello personal, procaz —siempre he pensado que los traductores de sus obras son genios, menudo reto dar forma a sus giros y expresiones coloquiales— y sardónico, ahora se añaden matices más reflexivos y poéticos. ¿Renton y Scott Fitzgerald? Sorprendentemente, sí. Sabía que Welsh podía ser brutal. Pero la dinamita solía quedarse en la superficie, en forma de un humor negrísimo o historias de alto voltaje y disfrute inmediato. Ahora sé que también puede ser brutalmente descarnado, con una carga de profundidad de las que no dejan títere con cabeza y perduran en el tiempo. Irvine Welsh no ha “matado” a nuestros héroes. Los ha bajado a la Tierra y, al bucear en su pasado, los ha convertido en personajes mucho más miserables, mucho más complejos y completos. Mucho más de “carne y hueso”, plasmando que detrás de la estúpida sonrisa yonqui no hay más que vacío y frustración. Así que el infierno era esto…

 

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