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A todo riesgo. Memorias airadas de una Pretender, Chrissie Hynde (Malpaso, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Malpaso no para. Si hace una semana eran las memorias de Morrissey, hoy nos traen las de Chrissie Hynde, fundadora y —corregidme si me equivoco—, en la actualidad única miembro de los Pretenders. Además, A todo riesgo coincide con la publicación de su último disco, Alone, donde ha contado con la inestimable ayuda de Dan Auerbach de los Black Keys. Así, pues, regreso por todo lo alto de este icono de la historia de la música…  y de la mujer independiente, capaz de hacerse un hueco —algo nada fácil entonces— por derecho propio en ese circo tan masculino y machista que es el rock.

Una veterana tan iconoclasta y valiente no podía andarse con muchos miramientos. Y en ese sentido, Hynde no decepciona un ápice en estas páginas. Sin pelos en la lengua, incluso bastante expeditiva cuando la situación lo requiere, rápidamente nos sitúa en su natal Akron, Ohio, para hablarnos de una niña inquieta en unos años cincuenta en los que el «sueño americano» parecía más real que nunca… con toda su insoportable y anodina insipidez. En ese mundo en blanco y negro a lo Pleasantville, en el que nuestra protagonista señala con suma lucidez algunos de los males que iban a poner «patas arriba» ese período de eufórica estabilidad —muy interesantes sus apuntes sobre la destrucción de las ciudades en favor de los suburbios y del transporte público a cambio de abrazar irreversiblemente la «gran estafa» del automóvil— aparecerá el rock. Y ya nada será igual.

Ya en Cleveland, la década de los sesenta convertirá a Chrissie —entonces aún Christine Ellen— en una adolescente cada vez más rebelde y ávida de aventuras. Echando mano de pura y efervescente escritura pop, Hynde hace suyo el relato de la desconexión generacional —toda rebelión es, en parte, «matar» a los progenitores— entre unos padres acomodados, fervientes creyentes de un modelo socioeconómico y cultural, y sus contestatarios hijos, armados con toneladas de discos y drogas. Entre motos & moteros, «chicos peligrosos» y vivencias temerarias en México, Canadá, París y Londres, que demuestran tanto que la chica los tenía «bien puestos» como que era una kamikaze —eufemismo—, se cuelan los históricos disturbios de la Universidad de Kent —escuchad Ohio de Neil Young— y un sinfín de conciertos, anécdotas y encuentros tremendos: Jeff Beck, Jackie Wilson, Led Zeppelin, la Velvet, Bowie —la mejor de ellas—, Iggy PopChrissie Hynde, groupie, drogota, adicta a la música y decidida a escapar.

Desgraciadamente —y siempre en mi opinión— Hynde extiende excesivamente esta fase de «idas y vueltas» que ocupa el final de los sesenta y buena parte de los setenta. Sencillamente, se le va la mano con el número de páginas dedicadas a personajes variopintos, pisos ocupados, noches muy escabrosas —otro eufemismo—, aunque entiendo que quiere reflejar, con pasmosa sinceridad, su estado de confusión y, de hecho, el más que serio flirteo «con el abismo» que narra abiertamente. El ritmo de la biografía se resiente y, teniendo en cuenta lo que vendrá a continuación, una vez se establezca definitivamente en Reino Unido para dedicarse en cuerpo y alma a tener su propia banda, es una auténtica lástima.

Porque lo mejor de A todo riesgo lo encontramos con Hynde explicando desde su posición de testigo privilegiada el nacimiento y explosión de la escena punk británica. Trabajará con Malcolm McLaren y Vivienne Westwood. Estará muy cerca de iniciar una carrera indeseada como solista. Ante ella desfilarán un puñado de héroes locales que «no lo lograron», los Pistols, Johnny Moped, los Damned, los Clash —estando a «un tris» de formar parte de dichas bandas—… acercándose a su propio destino mientras la escena hierve y al mismo tiempo se hace en pedazos debido al desaforado consumo de drogas. Y tras un encuentro decisivo con el mismísimo Lemmy, los Pretenders nacerán en 1978. Un auténtico festival, vamos.

No obstante, la etapa Pretenders es despachada con una extraña celeridad —apenas setenta páginas, menos incluso si excluimos algunos pasajes, como los centrados en la tortuosa relación sentimental con Ray Davies de los Kinks— reforzando la idea de estar ante unas memorias harto descompensadas. Sin embargo, me atrevería a decir que el motivo real tras esta decisión es comprensible, muy humano, incluso para alguien que presume de su indómita actitud ante la vida. Duele. La formación original de la banda quedaría truncada con las muertes del guitarrista James Honeyman-Scott y el bajista Pete Farndon, ambas causadas por las drogas, y parecería que Hynde, en un sentido homenaje, nos estuviera diciendo que sin ellos ya no hablamos de los mismos Pretenders, por lo que prefiere concluir el libro aquí. Un final trágico y abrupto, que nos escatima más de treinta años de historia de la figura musical. Pero también la humaniza. Afortunadamente, el subtítulo de Memorias airadas de una Pretender le viene grande. Gracias a que el encolerizamiento de Chrissie Hynde fue modulándose, ha seguido viva para poder contárnoslo.

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