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La ira es energía. Memorias sin censura, John Lydon (Malpaso, 2015)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Ahora que Public Image Limited (PiL) acaban de anunciar el lanzamiento de un nuevo disco, confirmando que el retorno a la actividad de la banda de John Lydon, más conocido como Johnny Rotten, iba muy en serio, la publicación en castellano de este La ira es energía se antoja una feliz coincidencia. Cortesía de Malpaso, que añade otro “rebelde con causa” a su fantástica lista de memorias musicales publicadas, como ya hiciera con Frank Zappa, Pete Townshend o Neil Young —todas comentadas en Indienauta—, esta obra es absolutamente indisociable de su autor. Y el punk se hizo verbo. O el verbo se hizo punk. Tanto da.

Desde su infancia hasta la actualidad —el libro concluye con Lydon dejando caer que, tras la frustrada gira de los reunificados PiL en 2012 se disponen a grabar otro, el que acaban de anunciar—, la historia del ex-líder de los Sex Pistols, enfant terrible de los medios, polemista nato, mitad bufón, mitad kamikaze profesional, es un viaje sin dramatismos, aspavientos o heroicidades. Quien espere anécdotas épicas, batallas memorables o brutales confesiones se va a llevar un chasco.

De hecho, lo que cuenta Lydon no es que sea exactamente sorprendente o revelador. La efímera pero trascendental historia de los Pistols es de sobras conocida y, quien haya visto La mugre y la furia o haya indagado un poco en los orígenes del movimiento punk ya sabrá que lo de la actitud, la rebelión, o la anarquía… pues bueno, hay que tomárselo con cierta cautela. Que Sid Vicious fue un pobre diablo, que Malcolm McLaren —o Vivienne Westwood— no era trigo limpio, o que tras la estética punk también se escondía mucha intolerancia o, directamente, estupidez, no son grandes descubrimientos para el lector mínimamente interesado en la música de los últimos cuarenta años. La importancia aquí reside en quién lo cuenta y, sobre todo, cómo nos lo cuenta Rotten.

A punto de cumplir los sesenta, Lydon encara sus memorias desde un prisma bastante distinto que en Rotten: No Irish, No blacks, No dogs, su primera autobiografía, más cohesiva pero al mismo tiempo descarnada, casi agresiva. En cambio, aquí nos encontramos a un narrador mucho más en paz con el mundo, más dado a la reflexión. Ojo, no confundir con docilidad, aquí hay insultos y ataques para todos. Pero tras cada puya o latigazo verbal, también hay ideas. Que uno —sino la cabeza más reconocible— de los líderes del movimiento punk fustigue sin contemplaciones a su generación —los acusa de talibanes, acomodados, ramplones— sí es relevante. Que no se case con nadie, ni siquiera con el mismo, está a la altura de muy pocos. Hay que seguir adelante, continuar desafiándose, cambiando, enfrentándose siempre a la corriente principal. Esa es en realidad la integridad del artista.

Y como decíamos, luego está como John Lydon nos desgrana sus memorias. ¡Menuda voz! Socarrón, sardónico, procaz, un deslenguado escritor siempre con el aguijón preparado, pero presto también a no tomarse demasiado en serio. ¿Polémico? Claro ¿Contradictorio? Por supuesto —ya veréis cuando leáis algunos de sus gustos musicales—. Titán con pies de barro y suficientemente inteligente como para admitirlo y, acto seguido, volverlo a intentar.

Si tuviese que destacar los méritos literarios de La ira es energía la conclusión podría ser algo decepcionante. Sus memorias son muy largas, más de 600 páginas, cifra a todas luces excesiva —unas tijeras o un buen editor le hubiesen venido de perlas—, con idas y venidas a veces incomprensibles. Con frecuencia un nimio detalle le hace enlazar con otra anécdota y no recupera el hilo de la historia principal hasta páginas después. Y su selección de argumentos a menudo es muy discutible. Lo siento, a mí lo de sus trajes no me importa en absoluto, tampoco lo de su dentadura, o sus tristes escarceos con bazofia televisiva tipo Supervivientes. Pero esa no es la cuestión que se dirime en estas memorias.

La ira es energía en realidad es el fiel reflejo de la cabeza de un hombre. Un ser humano complejo, que le da muchas vueltas a las cosas. Que piensa sobre la existencia en su sentido más amplio: desde lo más superficial hasta el problema de la opresión en China. Que se confunde, se equivoca, se levanta y ambiciona más. Que contribuyó decisivamente a crear algo importante, algo cultural y socialmente relevante, más allá de la música y, sin embargo, se negó —perdón, corrijo— se niega a vivir de su legado. Que es un personaje dado a la acción, siempre inquieto y abierto de mente. Y un activista infatigable contra el sistema, Unas memorias que son el cristalino espejo de un tipo, llamado John Lydon, que quizás diste mucho de ser un modelo de conducta, pero al que, por una vez, parece que nadie va a ser capaz de sobornar. Ni siquiera hacerlo callar. Genio y figura.

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