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La chica de California y otros relatos, John O’Hara (Contra, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Nuestra querida editorial Contra se lanza a la ficción literaria —«¿no es eso bonito, eh?», como diría mi añorado Kurt Vonnegut— rescatando a John O’Hara, un clásico de las letras estadounidenses injustamente olvidado en nuestro país —frase que suelo repetir con demasiada frecuencia en esta sección—, especialmente su ingente producción de relatos, inéditos hasta la fecha. Sin embargo, ahora podemos disfrutar de la ficción breve del escritor de Pottsville, Pensilvania, gracias a esta cuidada y completa antología, en la que se recogen 25 de sus mejores historias, abarcando cuarenta años —de 1934 a 1974— de buen hacer en el terreno del formato corto.

Como si se tratase del hermano hierático, permanentemente enfadado, de Scott Fitzgerald, la pluma de O’Hara —el autor que más publicó en The New Yorker se nos cuenta en el completo e interesante prólogo— pincha y, casi siempre, llega hasta el hueso. No hay trucos ni artificios rocambolescos, tampoco vindicaciones de su altura como literato a través del estilo. Como Hemingway, su más clara influencia, sitúa todo el peso del relato en la trama que avanza fluida y certera a través de los personajes —siempre esquivos, que no distantes, para el lector— y, sobre todo, a su portentosa habilidad con los diálogos, que merecen un capítulo aparte.

Sin ir más lejos, cojamos el relato que da título a la antología, La chica de California. Diecinueve páginas de diálogo casi en su totalidad que, en manos de O’Hara deviene motor absoluto de la historia, gasolina para mantener un constante ritmo vivaz, y el recurso más eficaz para impregnar a la historia de ese realismo lacónico, a veces con un regusto caústico, tan característico suyo. Un estilo que «no hace prisioneros» pero, no obstante, esconde un iceberg descomunal —de nuevo Hemingway y su teoría, sublimada aquí por las tremendas elipsis—, capaz de hundir sin remisión al Titanic versión XXXL, y reflejo evidente de un profundo, amargo, perenne malestar social. Los mejores cuentos de O’Hara son obras de trazo aparentemente sencillo pero oscuro trasfondo. Artefactos literarios de incuestionable precisión, inevitablemente a un paso de la implosión… aunque muchos de sus finales sean inteligentemente crueles con el lector en su calculada ambigüedad.

Cronista privilegiado del desasosiego, O’Hara nos habla, mejor dicho, hace hablar, pensar y sentir, a hombres y mujeres con ínfulas artísticas —está plagado de actores y actrices con escaso porvenir— y/o grandilocuentes aspiraciones sociales con los pies llenos de barro, de familias con bastantes muertos en el armario. Hay alcohol a raudales —materia que el propio autor dominó en vida— sexo, veneración de un único Dios llamado dinero —con el que se compra el prestigio, el más preciado de los bienes— féminas más deslenguadas, autónomas y valientes de lo que su época nos quería mostrar, y hombres colapsados o dispuestos a todo para conseguir lo que creen anhelar. El sueño americano, con frecuencia encapsulado en ese microcosmos imaginario de Gibbsville —evidente trasunto de su Pottsville natal— ya se tambaleaba en las décadas de los veinte, treinta y cuarenta… pero la zozobra se mal disimulaba en clubs nocturnos y lingotazos de whiskey.

Con excepción de un par de relatos que no pasan de la anécdota, y quizás algún otro que necesitaría de un mayor desarrollo de los personajes para brillar como la trama merece, la antología ofrece un amplio catálogo de historias brillantes. Además, diría que la recopilación va en claro in crescendo, encontrándonos varias de las piezas más memorables en su tramo final. Así, por subrayar algunos de los más destacables —en mi opinión, claro—, de la ya mencionada La chica de California y sus «secretos y mentiras» familiares, pasamos a El caballero orondo y su brutal, crepuscular desenlace, que hubiera sido una maravillosa película en manos de Billy Wilder; el elegíaco Adiós, Herman, donde todo aquello que no se dice pesa como una losa; o la potente y ocultada hasta que no puede más que truncarse, relación imposible entre conductor de autobús y pasajera de Ahora ya lo sabemos.

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Porque luego nos topamos con una de las joyas del libro, el extraordinario, durísimo encuentro entre dos hermanos con mucho que decirse en Exactamente ocho mil dólares exactos, a mi juicio, precursor de otro autor imprescindible, Richard Yates. O el par de relatos que inciden en el mundo laboral Atado de pies y manos y El hombre de la ferretería, marcado por la manipulación, las relaciones de poder y la avaricia —también la estoica integridad del personaje de Tom Esterly—. Y no puedo concluir esta reseña sin citar a las historias encargadas de cerrar el libro. En primer lugar, Un hombre de confianza, el turbio despertar sexual de un joven y una finísima, espeluznante disquisición sobre la amistad y la confianza —ese final—. Y, finalmente Fátima y besos, un cuento triste, solemne, que también resulta un magnífico compendio de la visión del mundo a los ojos y la pluma airada, pesimista de este singular escritor. Un mundo hostil. Y de lectura apasionante. Ha sido tarde, pero bienvenido seas, John O’Hara.

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