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Kentucky seco, Chris Offutt (Sajalín, 2019)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

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Lo han vuelto a hacer. Parece mentira que después de tantos Al margen devorados, Sajalín todavía pueda sorprenderle y, lo que es más importante, noquearle a uno. Pero eso es precisamente lo que han logrado con Kentucky seco, que nos descubre a Chris Offutt, otro autor que no había pisado estas tierras y que, meteóricamente, se coloca entre los numerosos indispensables de la editorial con estos nueve relatos de la dura, con frecuencia extrema, existencia en los Apalaches. O, cómo nos cuenta él mismo en el epílogo —al que podríamos considerar el décimo relato, abiertamente confesional—, una colección de historias «nacidas de la desesperación y de la esperanza», escritas para su gente… por uno de los suyos.  

Nacido en 1958, Christopher John Offutt es oriundo de Haldeman, Kentucky, una minúscula población de doscientos habitantes ya extinta. Viajó por todo el país haciendo autostop, trabajando en todo tipo de empleos y actividades, entre ellas cursar escritura creativa en la Universidad de Iowa con profesores tan ilustres como James Salter y Frank Conroy. Kentucky seco supuso su incontestable debut literario en 1992, a la que han seguido otro libro de relatos, dos novelas —Sajalín tiene una en la agenda—, y tres obras de carácter autobiográfico —una de ellas, Mi padre, el pornógrafo, de próxima publicación por Malas Tierras, nueva editorial con pintaza que pronto aparecerá en esta sección—. Actualmente, Offutt reside en el condado de Lafayette, Mississippi, y ejerce de guionista, con series como Treme, True Blood o Weeds en su haber, articulista y profesor. Y, huelga decirlo, como escritor. Un escritor «como la copa de un pino»… apalachiano, claro.

Uno, además, que no tarda ni un segundo en mostrar su envergadura como narrador. Y es que «Serrín», primero de los relatos del volumen, es sencillamente memorable, situándonos con la precisión de un cirujano —que primer párrafo— en las coordenadas de un no-lugar, un territorio del que la gente sólo anhela escapar, y un mapa mental intransferible, en el que nuestro protagonista, dispuesto a presentarse al examen de educación secundaria, es a la vez objeto de burlas y visto como una amenaza —¿a sentirse inferiores? ¿a lo que desconocen? ¿a lo que son?—  por vecinos y familiares. Sin embargo, la dignidad con la que Offutt reviste al personaje, decidido a intentar trazar su propio camino, a desafiarse, pese a los agoreros condicionantes, es emocionante. Si Kentucky seco acabase aquí, el libro ya valdría la pena.    

Afortunadamente, hay mucho más. La violencia y la lucha con el medio, natural o laboral, preside algunas de las historias más descarnadas de la colección. Es el caso del accidente del bulldozer en «La ascensión de la casa», la amenazante timba de poker de «Ahumadero», la visita al huerto ilegal de marihuana cultivada en «Hierba de caballo», o la desesperada, iracunda, caza del oso en el espeluznante «Cuarto menguante». También hay virajes hacia la locura en padres incapaces de lidiar con su pasado o dar con una solución al doloroso presente. Pero en todos, Chris Offutt consigue equilibrar el poderosísimo reguero de imágenes, directas a permanecer en la mente del lector, con una extraordinaria sublimación del estilo, tanta que se merece un párrafo propio. Solo añadir que somos muy afortunados que el traductor al castellano sea el mismísimo Javier «Dirty» Lucini. Como si fueran «hijos suyos»…

Y es que la prosa del norteamericano es cortante, no obstante plenamente viva. Tensa sin gratuidades ni grandilocuencias que sirvan para «estirar» las tramas. Áspera sin morbos ni necesidad de «vender el drama». En los relatos que conforman Kentucky seco, una unidad notablemente cohesiva y coherente, no hay lugar para la indulgencia, tampoco para la búsqueda del impacto fugaz o estéril. Se trata de desterrar los peores tópicos alrededor del estereotipo white trash para, en cambio, retratar con la precisión de quien «ha estado allí», las existencias, bastante jodidas por si no había quedado suficientemente claro ya, de «la gente de la ladera». En definitiva, crear ficción que suena, huele y duele a verdad.  

Lo recién escrito vale también para el misterio, el mito y la leyenda, que felizmente hacen asimismo acto de presencia en Kentucky seco, permeando las dos historias de ancianos que prefieren la vida oculta entre las sombras del bosque, en compañía de animales o maldiciones. «Lo que se queda» —desarmante, poética resolución— y «La abuela Lith» nos ofrecen una mirada argumental inesperada, hablándonos de temas familiares y conyugales, dando entrada a la superstición y la fatalidad sin perder la perspectiva realista. Pero no son únicamente esos dos cuentos. También hay magia narrativa en cada paisaje, exuberantemente bello a la vez que hostil. O incluso en las jugadas de billar —¿acaso existe un deporte más literario?— de «Bola 9», encargado de concluir el volumen cerrando el círculo, con una marcha. Pocas veces un título se ha ajustado tanto al contenido como en este Kentucky seco. Nueve tragos magistrales de bourbon clandestino y sin aditivos. Para emborracharse con su lectura.

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