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Furtivos, Tom Franklin (Dirty Works, 2017)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Alan Heathcock, Mark Richard y ahora… Tom Franklin. Furtivos es el tercer «libro negro» de cuentos de nuestra querida Dirty Works y viene a ser como «maná caído del cielo». Primero y, sin duda lo más importante, por la extraordinaria calidad de los relatos y el descubrimiento de otro «autor sucio» que añadir a la «pandilla». Y segundo, por apartarnos de oportunistas y lamentables discusiones en redes sociales a cuenta de Manifiesto redneck, provocadas por un plumilla capaz de aprovecharse de un disparatado, cafre —y en mi opinión, escrito para no ser tomado demasiado en serio— ensayo con más de veinte años de antigüedad para arremeter contra la actual izquierda —así, a nivel mundial, todo tipo de izquierda, con dos «bemoles»—. En fin, lo dejo aquí. Mucho mejor perderse en los frondosos y espeluznantes bosques de Alabama que en la tupida estulticia de nuestra era digital. El Sur de los Estados Unidos nos reclama de nuevo…

Porque los diez relatos de Furtivos, debut literario de Tom Franklin publicado originalmente en 1999, no tienen desperdicio. O, mejor dicho, once, porque la introducción, Años de caza, no desmerece en absoluto lo que vendrá a continuación y puede perfectamente considerarse un cuento más, situando al lector en unas «coordenadas», un «mapa del mundo» muy delimitado y personal, el del propio Franklin. Exuberancia y virulencia natural, caza, vías de tren que no paran en Dickerson, ninguna parte, trabajos demoledores, la posibilidad de escapar del «agujero»… pero no de sus historias ni de la «llamada de la tierra».

Si estáis pensando que Furtivos es un nuevo ejemplo, otra «revisitación», de la mal llamada literatura white trash, la respuesta es no. Ciertamente, la colección de situaciones violentas, cogorzas dementes, comportamientos bochornosos, hombres y mujeres abyectos, degradación y desesperanza, resultará familiar al «iniciado». Y, sin embargo, eso es tan solo la «superficie» de la mayoría de estos cuentos que, en manos de Franklin, adquieren una visión distinta y absolutamente cautivadora. A través de ellos, su autor nos está hablando de un paisaje, tanto físico como, sobre todo, humano, muy especial. Territorio peligroso y grave, sin duda, pero terreno de una hondura y franquezas pocas veces vista.

Y es que, ya sea en los digamos, relatos más directos, por ejemplo el oscuro chanchullo empresarial de Grava, puro aroma criminal, como en los episodios dedicados a hombres desesperados, caso de la trasnochada despedida de soltero de Triatlón, o los flirteos con el desastre de Caballos azules o Instinto, Franklin está desplazando el foco de la truculencia y poderosa atracción de los actos que tienen lugar en estas páginas, a la psicología detrás de los personajes, «kamikazes emocionales» atrapados en vidas de las que no saben salir. La breve coda final de Alaska, un ensueño de tono poético, refleja con queda sabiduría, sin dramatismos, ese anhelo irrealizable. Porque el lector sabe con total seguridad que ese viaje no tendrá lugar.

Tom Franklin es un escritor soberbio, conciso y con aplomo, cuando se trata de mostrar las heridas abiertas de sus seres humanos. ¡Diablos! Algunos de los tipos que por aquí desfilan pueden contarse entre los más reales que servidor ha tenido la suerte de leer en mucho tiempo. Cojamos la desolación del protagonista de Shubuta, consumido igual que los «tractores por el kudzu» —por fin puedo escribir esta palabra, y en una obra en la que tiene sentido— ante un fracaso amoroso que lo torturará y paralizará por siempre jamás. Destaquemos el fantástico La balada de Duane Juárez, donde la masacre gatuna —abstenerse pusilánimes y hipsters bobos— esconde una tremenda, certera aproximación al rencor y la envidia enfermiza del hermano sin suerte frente a su afortunado pariente. O la sutileza y el crescendo imparable de tensión y miserias domésticas encubiertas de Una pequeña historia, donde la partida de cartas de las dos parejas de amigos podrían haberla firmado las «versiones rurales» de los insignes Raymond Carver o John Cheever —¡por fin la comparación es merecida!—. U otra de las joyas del libro, Dinosaurios, donde la estatua de una rinoceronte y la reparación de los tanques subterráneos de una gasolinera —trabajo que Franklin conoció— se convierten en un extraordinario e inesperado espejo de una relación paterno-filial condenada por el tiempo y la enfermedad.

Y luego está Furtivos, el relato —o siendo precisos, casi una nouvelle— que le abrió las puertas de su carrera como escritor —Franklin ganó el prestigioso Edgar Award por él— da título y cierra el volumen. Una jodida obra maestra. Y el adjetivo escogido no busca el impacto, sino tan solo calificar la historia de los hermanos Gates, usando palabras del propio Franklin, «verde y llena de muerte». Cazadores, asesinos, huérfanos. Vulnerables y aterradores. Elementos indisociables de una pequeña comunidad en la que convive la podredumbre con la compasión humana. Donde el mito —pura leyenda sureña— se confunde con la implacable, brutal justicia en esa figura del sangriento en incansable perseguidor que es Frank David. En donde, pese a todo, podría haber lugar para un tipo, único, singular, de redención. Y en donde la fauna y flora, senderos, árboles, ríos, hablan al lector. Lo dicho, el «clan Dirty» ya cuenta con un miembro más. Y es uno de los grandes.

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