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El río sin descanso, Gabrielle Roy (Hoja de Lata, 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Llevábamos demasiado tiempo sin reseñar libros de Hoja de Lata en Indienauta —craso error—, pero la ocasión que nos brindaba este El río sin descanso era inmejorable. Porque su autora, la quebequesa Gabrielle Roy, es una de las plumas más celebradas y laureadas de la literatura canadiense del siglo XX que, sin embargo, permanecía inédita en nuestro país —en fin, no voy a volver a entrar en el tema—. Y porque los cuatro textos reunidos en este volumen, los cuentos Tres novelas esquimales y la novela breve que da título al libro, nos invitan a adentrarnos en la cultura, la inuit, prácticamente desconocida, distante, recóndita, para nosotros. Traducido del francés por Luisa Lucuix, El río sin descanso es un viaje fascinante y hermoso a un mundo de belleza salvaje, tremendos rigores estacionales y ritmos vitales opuestos a los urbanos, en un momento de transformación trascendental, lidiando con el imparable avance de una modernidad que pone en cuestión su forma de vida.

Tres novelas esquimales está compuesta por los relatos Los satélites, El teléfono y La silla de ruedas. Son piezas de una precisión sorprendente en su capacidad para señalar al lector la tensión, el conflicto cada vez más evidente entre los habitantes del disperso pueblo de Kuujjuaq —región de Nunavik—, situado a orillas del río Koksoak, conocido entonces como Fort Chimo, ante su ¿inevitable?, progresiva «occidentalización». Roy nos introduce en esa encrucijada con una sutileza memorable, incluso sin renunciar al sentido del humor, especialmente en El teléfono, donde el invento de Antonio Meucci —se siente Graham Bell— sirve para poner de desternillante relieve como puede trastocarse la apacible rutina del poblado ante la obsesión y posterior frustración del viejo Barnaby «con su juguete». Algo más solemnes resultan los soberbios Los satélites y La silla de ruedas, en los que los inuits protagonistas, Deborah e Isaac —padre e hija— se enfrentan no sólo a la enfermedad y la muerte, sino principalmente, a la colisión frontal entre, por un lado, la ancestral idiosincrasia esquimal de afrontar este paso con suma aquiescencia, en plena sintonía con su íntimo vínculo al medio natural, y, por el otro, la posibilidad de alargar su existencia gracias a los avances de la ciencia, la medicina y las ayudas técnicas, que reclaman, exigen, la lucha —¿o debería decir mejor la aparición del miedo a la muerte?— de ambos contra el destino ineludible. Dos historias de apariencia pequeña y alcance mayúsculo.

Y llegamos a la nouvelle central de este libro, El río sin descanso, publicada originalmente en 1970. Es la historia de Elsa Kumachuk, inuit que vive a medio camino entre los barracones del ejército y el poblado esquimal en un pequeño asentamiento de blancos próximo al vetusto puesto perdido de Fort Chimo. Una tarde, al salir del cine próximo a la base militar, la joven es forzada por un soldado estadounidense, quedando embarazada de Jimmy, bebé/niño cuyo nacimiento e infancia serán todo un acontecimiento entre los suyos, poco acostumbrados a una belleza rubia de ojos azules y «milagrosos tirabuzones».

Elsa se convierte rápidamente en una madre tan orgullosa como devota de su hijo, cuya crianza epitomizará ese conflicto de complejísima resolución entre tradición o modernidad. La protagonista de Roy es bondadosa, encantadoramente ingenua y obsesiva cuando toma partido en uno de los dos sentidos. Decidiendo primero educar a su hijo como los blancos, denostando la cabaña destartalada, la carne de foca y la despreocupada existencia ajena a las horas y la «doctrina del tiempo», en favor de juguetes y ropajes suntuosos, y el reloj como implacable organizador del día a día. Luego, Elsa reacciona tras una conversación con el pastor del pueblo, preocupada por el egoísmo incipiente de su pequeño, pero, sobre todo, por la posibilidad de que éste, al crecer, no reconozca a su madre, tan diferente de él, prefiriendo irse con «los suyos», pasando al otro extremo. Escapando al otro lado del Koksoak —el río es siempre un personaje más, fundamental—, regresando al ahora denostado Fort Chimo, junto al huraño tío Ian, en una desesperada, ansiosa búsqueda de imbuir a su hijo de sus raíces esquimales.

Lo brillante es que Gabrielle Roy está haciendo a su protagonista «dar bandazos», pero en cambio, su autora y, muy pronto el lector, saben perfectamente que no va a haber respuesta fácil. Eso no es posible. Porque no se trata de mostrarnos «qué es mejor». Porque, en definitiva, ni la cultura ni la identidad son monolitos estáticos, ajenos al paso del tiempo. Así, el reencuentro con el modo de vida esquimal más auténtico nos muestra un acervo cultural en serio peligro de extinción, maravilloso para alejar a Jimmy del materialismo más inútil y el pernicioso sedentarismo, y «devolverlo» a la naturaleza. Pero al mismo tiempo caduco, amenazado tanto por ese occidente que pronto llama a la puerta por «el bien del crío» —vivir al margen de la «sociedad» es cada vez más imposible—, como por las inclemencias climatológicas, que no entienden de dilemas existenciales.

El desenlace de la novela, inexorable igual que el caudal del Koksoak, sólo puede ser uno. Y la mano maestra de Gabrielle Roy nos conduce hasta él sin escatimarnos la sensación de estar presenciado el crepúsculo de una civilización, combinando la dureza de determinadas situaciones y la realidad histórica de la época —la Guerra de Corea, Vietnam— con una delicadeza narrativa y una humanidad genuinas al retratar a los personajes en medio de sus contradicciones, limitaciones y anhelos. Que parece decirnos que la «rueda seguirá girando». Que todo cambia, todo pasa… pero, al menos, siempre quedará el río.

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