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“El Prestamista”, Edward Lewis Wallant (Libros del Asteroide, 2013)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Que ganas teníamos de “enfrentarnos” a nuestro primer “Asteroide” en Indienauta, una de esas editoriales independientes que es sinónimo de calidad y amor por las letras. Y no podíamos haber hecho mejor elección que éste singular, crudo, y por momentos terriblemente descorazonador El Prestamista, la segunda novela publicada en nuestro país del norteamericano Edward Lewis Wallant tras la genial Los Inquilinos de Moonbloom, también traducida por Libros del Asteroide —y a quienes desde ya solicitamos no tarden demasiado en hacer lo propio con el resto de la escasa producción del autor—.

Y es que el malogrado y casi desconocido Wallant —falleció con tan solo 36 años— tenía el extraño don de llegar hasta el rincón más oscuro de los sentimientos humanos y trasladarlo al papel con una claridad diáfana. De alcanzar el tuétano de nuestras miserias y complejidades para extraer toda su esencia y crear novelas que merecerían haberlo encumbrado —un caso similar al de John Kennedy Toole, pero sin el boom póstumo de La Conjura de los Necios— como un escritor fundamental de los años sesenta.

El Prestamista nos sitúa en el Nueva York de los años cincuenta, una ciudad en ebullición, pero opresiva y dura con sus personajes. La novela transcurre principalmente en Harlem, zona peligrosa y vívida, pero que solo puedes imaginarte en el blanco y negro granuloso y tosco con el que indispensable director Sidney Lumet trasladó a la pantalla el texto de Wallant en 1966, con un inmenso Rod Steiger en el papel de su protagonista absoluto: Sol Nazerman. Un hombre muerto en vida.

Como si se tratase del reverso terrorífico y desolador del entrañable inadaptado Norman Moonbloom, el prestamista polaco Nazerman deambula por Nueva York entre su tienda de préstamos regentada por la más variopinta fauna de los barrios bajos de la gran manzana y la casita en las afueras que comparte con la familia de su hermana. La tienda es una auténtica “parada de los monstruos”, pero quizá el único momento en que Wallant admite un barniz tragicómico en una novela tan oscura.

No es la tradicional inercia de quién es esclavo de su trabajo y sus adicciones. Son las mínimas pautas sociales que impiden que un ser humano no ponga fin a su vida, aunque con el transcurrir de las páginas el lector va a preguntarse en más de una ocasión por qué Nazerman no se suicida si se niega el más básico sentido de la existencia: sentir un atisbo de emoción, de aprecio por lo que hace, por quienes le rodean. Nada, la nada más absoluta.

Muy pronto conocemos que detrás de su extrema hosquedad se encuentran los campos de concentración nazis. Nazerman es un superviviente del Holocausto, atormentado por el recuerdo, ejemplo desgarrador del absoluto derrumbe del espíritu humano tras la mayor atrocidad que la humanidad ha conocido. Algunos personajes secundarios intentan sacar a Nazerman de su letargo emocional, otros parecerían forzarlo más bien con sus acciones respecto a él. Wallant confronta con brillantez los diversos “estamentos” que conforman el entorno de una persona común: la familia, el trabajo, la amistad, quizá algo más. Pero para Nazerman no puede haber consuelo o esperanza. En primer lugar, porque ambas serían concesiones emocionales que no está dispuesto a permitirse.

Sin embargo —tranquilos, no vamos a hacer spoiler— los acontecimientos respecto a su tienda de préstamos si van a provocar un giro al absurdo devenir de su existencia, un detonante inesperado que va a poner nuestro protagonista entre la espada y la pared. Las pulsiones humanas, viles en su mayoría —poder, envidia, codicia, corrupción, egoísmo— van a obligar a Nazerman a salir de su caparazón de resentimiento y pesadumbre.

Novela de un marcado contenido simbólico —bien apuntado en el notable prólogo de Eduardo Jordá—, El Prestamista sorprende por su profundidad psicológica y riqueza narrativa, pese a las limitaciones espacio-temporales de la obra, siendo especialmente brillante la descripción de la atmósfera de la tienda de préstamos. Es un “mundo de los objetos” sombrío y caduco, un lugar dominado por el recuerdo y la desesperación —de quien se desprende de sus pertenencias para intentar lograr un efímero dinero— en consonancia con la marchita alma de Sol Nazerman. ¿Puede una persona regresar del abismo? Para saberlo deberéis leer a Wallant. Algo de estómago vais a necesitar, pero yo de vosotros no me perdería semejante lectura.

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