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El amante de las cicatrices, Harry Crews (Dirty Works, 2015)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Ya está aquí el tercer “libro negro”, el último volumen hasta la fecha de la “biblioteca Dirty Works” —me imagino extasiado, dentro de dos o tres años, cuando esta editorial tenga veinte o más referencias en la librería de un servidor, su propia estantería, exclusiva e intransferible—. Y no es uno cualquiera. Es un regreso al Sur de los Estados Unidos —nunca me he ido, de hecho— para reencontrarnos con un viejo, ilustre conocido: Harry Crews. Tras el especial de hace algo menos de un año, dedicado a dar buena cuenta de las que hasta la fecha eran sus obras disponibles en nuestro país —gracias a Acuarela & Machado—, hoy tenemos entre manos El amante de las cicatrices. O, como se apunta —socarronamente—, en la propia contracubierta de la novela, “Crews escribiendo una historia de amor”. Poneos a cubierto.

Nuestro protagonista, Pete Butcher, no quiere saber nada del mundo. Ha decidido trabajar hasta la extenuación en condiciones miserables y con un tirano por jefe —no es la España actual, lo juro—, mientras intenta no hablar con nadie —apenas cuatro palabras con el enorme y “muy peculiar” George—. El objetivo es no tener que relacionarse con ningún ser humano y así no oírlos. Porque todos quieren contarle sus problemas. ¿No es acaso lo que hacemos todos, anhelando que quien escucha empatice con nosotros o, al menos, nos permita desahogarnos por el simple hecho de oírnos? Pero nuestro protagonista ya tiene suficiente con sus propios, tremebundos, problemas, que lo han llevado hasta ese pueblucho de Jacksonville, Florida, donde espera que se lo trague la tierra. El lector no tarda en saber que Pete huye de sus actos allá en su Georgia natal. Y sabemos de sobra que uno no puede escapar de su sombra —como diría mi querida Basia Bulat—. Nunca.

Y entonces Pete conoce a Sarah. E inmediatamente a su família, de la que pasa a formar parte —los más malvados añadirán de la que ya no se librará— automáticamente. Y Crews comienza a reírse de nosotros. En nuestra cara, sin duda guardándose los momentos más humorísticos para el segundo tramo de la novela, en su mayoría en forma de diálogos y situaciones surrealistas, brutales e hilarantes. Dinamitando, ya desde la primera conversación entre la futura e imposible pareja, todos nuestros “lugares comunes” respecto a las historias de amor. ¿Romanticismo? ¿Frases más grandes que la vida intentando describir los sentimientos más intensos? ¿Escenas llenas de pasión? Paparruchas. Un montón —un ejército— de tacos, improperios y palabras malsonantes. Sexo equívoco, enfermedades, muertes, ganja, rastafarismo, desesperación, explosiones de violencia y palabrería asfixiante. Muchas heridas que sanar. Muchas cicatrices por aparecer.

Y es que esa es la palabra clave de la novela: cicatrices. El grotesco sur, poblado de freaks, se muestra aquí en todo su esplendor. El apogeo de un universo espeluznante que el escritor de Alma, Georgia, dominaba como pocos y que en El amante de las cicatrices se convierte en un vodevil delirante, un cruce más ligero, menos escabroso, entre La biblia de neón de Kennedy Toole y El camino del tabaco de Erskine Caldwell. Sin embargo, los desastres, la tragedia y los monstruos con rostro humano —casi un arquetipo literario alternativo por derecho propio ya— sólo marcan el relato, no lo sentencian. Aquí hay algo, imperfecto, complicado, incluso muy retorcido, si queréis, que podríamos calificar como esperanza. Crews muestra a sus “criaturas” en toda su magnitud: son ignorantes, estúpidos, algo cafres, supersticiosos, desquiciados, al borde del precipicio —o ¿quizás ya en él?, ahí están la mujer Obeah, Gertrude y George para sumirnos en la duda—, pero no son viles, o ruines. Sí, estamos ante un polvorín a punto de estallar, sin duda… pero, ¿os dáis cuenta a qué se están enfrentando? ¿de qué huyen? ¿qué les aterroriza? Y finalmente, ¿qué desean? Ser capaces de superar los infortunios, dejar atrás el dolor. Sanar las heridas abiertas. Y, con el tiempo y, sobre todo, junto a las personas adecuadas alrededor, poder lucir las cicatrices con algo parecido al orgullo. En definitiva, poder seguir adelante. Como todo el mundo.

Puede que la trama que nos propone Crews en esta ocasión resulte, de tan rocambolesca, a veces inverosímil. O que muchas de las absurdas conversaciones mantenidas a lo largo de la novela se nos repitan —el señor Winekoff y sus caminatas es particularmente insufrible— en exceso, lastrando el ritmo de la obra. Pero también son fiel reflejo, bien real y mundano, de los tics, frustraciones, obsesiones —¿cuánta gente es monotemática?—, complejidades y contradicciones de todo ser humano. Como ya hiciera Crews en Cuerpo, de la extravagancia, la aberración horripilante y el lodo más ignominioso hace surgir la luz, incluso el amor, en este caso. Y eso es gracias a una pluma honesta como pocas, a un escritor que a base de mamporros, sangre, sudor, lágrimas, no poca sorna, y un innegable cariño por “sus gentes” y “su territorio”, retrató de forma única la llamada “América profunda”. Su hogar. En fin, Harry Crews de nuevo, damas y caballeros. En estado puro. Inquietante. Chocante. Fascinante.

P.D.: Gracias por habernos traído a Crews, Javier Lucini.

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