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Dr. Strangelove, Peter George (La Fuga, 2019)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

Dr. Strangelove-Indienauta

… O cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba. Título y subtítulo que deberían ser más que suficientes para no necesitar de presentaciones adicionales. Porque el libro del galés Peter George que publica La Fuga —insisto que su colección «Escalones» no tiene desperdicio— es el material del que salió ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú, de Stanley Kubrick, clásico indispensable del séptimo arte —spoiler: sin dragones ni superhéroes «franquiciables»— y sátira política inmortal de la era del pánico nuclear, en plena Guerra Fría.

Nacido en Treorchy, pequeña localidad en Gales, en 1924, Peter Bryan George sirvió en la Royal Air Force durante la Segunda Guerra Mundial y hasta 1961, periodo en el que escribió Red Alert, su primera novela, aparecida en 1959 inicialmente con el título Two hours to doom. Aunque ese mismo año vendió los derechos del libro para su adaptación cinematográfica, no sería hasta 1962, cuando el texto cayó azarosamente en las manos de Stanley Kubrick que el proyecto cobró forma. El célebre director, junto al enfant terrible de las letras Terry Southern y el propio George pergeñaron el guión de ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú, por el que fueron nominados al Oscar. Al año siguiente, George publicó una nueva versión de Red Alert, titulada como el film, Dr. Strangelove. Autor de otras ocho novelas, la mitad de ellas con el conflicto nuclear como tema principal o de fondo, Peter George, en circunstancias no confirmadas —depresión, enfermedad, alcoholismo o la propia paranoia nuclear según las fuentes—, se suicidó en 1966.

Traducido al castellano por primera vez gracias a la labor de Manuel Manzano, Dr. Strangelove es una mordaz combinación de thriller y comedia negra vantablack de evidente lectura histórico-política. El relato de una crisis sin precedentes, provocada por el general Ripper, alto mando estadounidense que, enajenado, ha activado el denominado Plan R: el bombardeo aéreo masivo contra objetivos militares y civiles de la Unión Soviética, en el que el uso de armamento nuclear será devastador… Tan catastrófico que, tal y como informa el altanero embajador ruso De Sadeski, cuya presencia en la Sala de Guerra del Pentágono norteamericano es requerida por el mismísimo presidente de los Estados Unidos ante la magnitud de la situación, tendrá una represalia automática definitiva —no se le pone Dispositivo del Fin del Mundo a un arma cualquiera— en forma de contraofensiva nuclear soviética imposible de desactivar. Los intentos, desesperados y cáusticos, de evitar la aniquilación total.

Dr. Strangelove está construida como una cuenta atrás, en la que tres escenarios van intercalándose en la narración, armada en base a capítulos muy breves, lo que la dota de un ritmo impetuoso, acorde con el tremendista escenario. Por un lado, épico y sin atisbos humorísticos, tenemos el relato del Lazareto, uno de los bombarderos con armamento nuclear a los que Ripper ha enviado en su terrorífica misión. Por el otro, está la Base Aérea de Burpelson, desde la que el susodicho general se ha parapetado para comandar su delirante plan —¡fluorización, fluorización!— ante la flemática congoja del capitán de grupo de la RAF Mandrake. Y, finalmente, la ya mencionada Sala de Guerra, fuente inagotable de carcajadas, donde la plana mayor del ejército yanki —inolvidable el General Turgidson, furibundo anticomunista—, políticos, el embajador ruso, el presidente y el siniestro Doctor Strangelove —un científico-ideólogo con una sospechosa tirantez en el brazo derecho— intentan dar con soluciones al inminente desastre.

Ni el suspense de la inexorable aproximación del Lazareto a su objetivo —quizás la parte de la novela en la que más se nota el paso del tiempo, mucho más rígida y tópica que el resto—, ni la constante hilaridad del dislate en la sala de guerra —memorables encontronazos, verbales y físicos, entre De Sadeski y Turgidson— ocultan el demoledor mensaje que desborda Dr. Strangelove. La del absurdo supremo que fue —corrijo, es— la carrera armamentística y la política de la disuasión del enemigo americano-ruso mediante la acumulación de más y más destructivas armas que presidió ese longevo sinsentido histórico conocido como la Guerra Fría. La testosterona —y el dinero, claro— rigiendo la política internacional.

Altos mandos guiados por la incompetencia más supina o, directamente, la locura. Presidentes de las dos potencias planetarias sin capacidad de decisión o «puenteados» por un sistema militar conceptualmente infalible. Y una tesis, la del «equilibrio del terror», y el negocio económico subyacente a esa falacia denominada «mantenimiento de la paz», desglosada, sin lugar para las bromas, en el texto inédito de Peter George sobre el personaje titular. Una teoría capaz de justificar la eliminación de centenares de miles o millones de personas como una decisión política asumible frente a una segura aniquilación total… fomentada por una carrera armamentística creada por ellos. Algo que no solo es materia de estudio en la carrera de ciencias políticas o en El informe Lugano, sino que resulta descorazonadoramente vigente en la actualidad. Hemos pasado de Hiroshima y Nagasaki a los eufemísticos ataques preventivos o daños colaterales. Y ahora pensad en el imbécil que lidera el supuesto «mundo libre», abandonando unilateralmente acuerdos internacionales de desarme, bilaterales con Irán, o presumiendo ante los gañanes de la Asociación Nacional del Rifle —equiparables a nuestros nuevos diputados que hacen campaña electoral a caballo y con pistola— que su administración seguirá vendiendo armas a cualquier dictadura dispuesta al business con ellos. Desgraciadamente, los doctores Strangelove y los patanes políticos con acceso a botones rojos del pánico abundan, por lo que esta lectura sigue siendo jocosamente necesaria.

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