Letras. Obra lírica completa 1978-2019, Nick Cave (Libros del Kultrum, 2020)

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La rentrée de Libros del Kultrum promete ser de aúpa. Y la inician sin reservas, con Letras. Obra lírica completa 1978-2019, de Nick Cave. Una compilación integral que se antoja indispensable para todo fan que se precie del australiano. O para quienes aún creemos que lo que dice una canción SÍ importa. Así que absteneos reggaetoneros, hipsters que han leído un par de títulos sobre lo supuestamente molón y democrático que es perrear o han abrazado el pop más prefabricado, puristas del Nobel de Literatura que no han abierto un libro en su vida, poetas de Instagram o Premio Espasa, y otra gente de semejante pelaje.     

Como su título indica, Letras recoge cuatro décadas de labor de uno de los compositores más valorados del rock. Todas las canciones de Cave hasta la fecha se recopilan aquí, incluyendo su último disco, Ghosteen, caras B, o sus discos con The Birthday Party —germen de los Bad Seeds— y Grinderman. Casi quinientas páginas en una edición bilingüe, en la que Miquel Izquierdo está a cargo de la traducción al castellano —muy sólida, pese algún término en español latino que se cuela—, fusión de las tres ediciones de The Complete Lyrics publicadas por Penguin en 2001, 2007 y 2019. Un volumen que muestra a Nick Cave en toda magnitud. 

Porque, junto a su voluntad exhaustiva, Letras termina de perfeccionarse gracias a tres piezas introductorias de especial enjundia. Me refiero al prefacio de Andrew O’Hagan y el prólogo de Will Self, dos celebrados escritores británicos que subrayan apasionadamente la hondura de su cancionero del australiano. Y, sin duda, a la joya de la corona de la antología, la conferencia del propio Cave en el South Bank Centre de Londres en 1999. Titulada «La vida secreta de la canción de amor», es un elocuente y reflexivo viaje hacia los orígenes y entrañas de su música conducido por un inmejorable maestro de ceremonias —esto lo dice un feligrés muy ocasional, que cual Santo Tomás ha dudado de Cave ante el riesgo de cliché—. El rey de la salmodia. 

Nick Cave & The Bad Seeds. Foto promocional 2017.

Nick Cave va asociado a calificativos como perturbador, oscuro, introspectivo, abisal, obsesivo, gótico, libidinoso, también romántico… Ha sido sujeto de estudios y ensayos. Siempre en los rankings de mejores letristas y compositores. El cantante, compositor, autor, guionista y esporádico actor de Warracknabeal, Victoria, posee un corpus narrativo de innegable relevancia sobre el que se han vertido cuantiosos análisis. Pero resulta especialmente valioso conocer, en sus propias palabras, de dónde procede y cómo funciona su experiencia creativa. Y, sinceramente, creo que sus canciones son el formato ideal —más certeras e intensas que su prosa, en mi opinión— para adentrarse en su particular visión del mundo. 

A través de su disertación, el músico nos habla de una vida artística coherente, motivada por un objetivo principal: buscarle un sentido a la sensación de pérdida —concretada en las súbitas muertes de su padre, profesor de literatura, cuando Nick Cave era adolescente, y ya posterior a la charla, el accidente mortal de su hijo Arthur, de sólo 15 años—. Escribir canciones como recurso para llenar ese vacío mientras se accede a la propia imaginación y, en última instancia, a un Dios de carne y hueso. Muy pocos artistas pueden hablar de transubstanciación divina y no resultar ridículos. Cave, a veces Flannery O’Connor trajeado, otras pastor siniestro a lo Harry Powell de la Noche del cazador, y otras senecto turista extra creepy, es uno de ellos. 

Esa ligazón entre la necesidad de crear, inherente al ser humano, y la asimilación del dolor, se traduce en unos textos que, en realidad, son variaciones de uno solo: «la Canción de Amor». Ésta toma formas muy distintas —el «rescatador oficial» de las murder ballads cita canciones de exaltación, de rabia, de angustia, de locura, lúbricas, de pérdida—. No obstante, todas apelan a la búsqueda de lo sublime, convertirnos en divinidades más allá de lo terrenal y lo banal, aproximándonos al «Hacedor». La catarsis. Un esfuerzo indefectiblemente efímero, condenado al fracaso. Por eso «la Canción de Amor» para Nick Cave es, por definición, el sonido de la pena. Cuestiones igualitas a las que dominan las listas de reproducción más escuchadas del pop, ¿verdad?

Así pues, no es de extrañar que en los versos de Cave se den la mano Bob Dylan y Johnny Cash —por supuesto—, el góspel y el blues —el espíritu vendido al diablo de Robert Johnson, sobre todo—, la tradición de la balada anglosajona en su versión más retorcida, y su referencial, insoslayable Antiguo Testamento. La suya es una obra poética entre lo elegíaco, lo crudo, lo pasional y la intimidad más sutil. Una liturgia rock salvífica a base de mirar de frente y sumergirse en las tinieblas. El paraíso perdido Miltoniano llevado a la canción. Y a la literatura, como corrobora este soberbio volumen. Leed, escuchad y difundid la palabra de Nick Cave