Escribir desde el lugar desgarrado del alma se ha terminado convirtiendo en una herramienta creativa más. Tan acostumbrados estamos a artistas que han hecho del dramatismo su señal de identidad, que ya lo tomamos como un elemento más de un disco con el que nos topamos, como la portada o como el tipo de producción. Pero sería injusto pasar por alto ese factor en alguien como Laura Gibson, quien confiesa no poder sacudirse el sanbenito de cronista del dolor y lo vincula directamente a la dura pérdida de su padre por cáncer cuando ella tenía apenas 14 años.

Aunque esa herida ha permeado la práctica totalidad de su carrera musical, es en este quinto disco cuando afloran de una manera notoria y como guía temático directo o indirecto. Quizás sea el recientemente adquirido máster en escritura creativa, pero Gibson usa aquí las palabras y las historias como cuchillas tan hirientes como extrañamente sanadoras. El padre desaparecido convive con metáforas de lobos (una imagen que obsesionó a Gibson durante la creación del disco y que se convierte en recurrente, empezando por la propia portada) y con la duda de la conveniencia de la maternidad o no. Apuntando mucho más allá de las inevitables conversaciones y cuestiones a las que se somete a una mujer entrada en la treintena que aún no ha procreado ni sabe si quiere hacerlo, la artista reflexiona sobre un mundo que, en lo social y en lo político no parece el más idóneo para dejar en herencia a futuras generaciones.

El lo musical, Goners construye con elegancia nuevos mundos en el consabido folk de Gibson, abriendo la puerta a arreglos elaborados donde destaca la presencia de metales y de unas cuerdas que marcan sus recorridos melódicos a base de sugerentes glissandos.

“No quiero que tu voz me conmueva”, canta Laura en el tema de cierre. Nos tememos que con su manera de interpretar y con material como este, no vamos a poder pedirle lo mismo a ella.