Las Ruinas, «¡Alunizaje!» (El Genio Equivocado 2018)

Nos gustaba la coñita. Cuando Las Ruinas lleguen a su décimo disco en su décimo año de vida se autodestruirán y nos dejarán lamiéndonos las heridas y con una montaña de recuerdos sobre los gloriosos momentos que vivimos con ellos. Pues aquí estamos, y duele verles explotar, maldita sea. Y no, no han llegado al décimo disco, sino al noveno, pero para no dejar la profecía incompleta, el decálogo se completará con un disco grabado en directo en el que dejarán registrados sus himnos más celebrados (y va a costar hacer la selección, cosa que dice mucho de lo que nos han dado en estos nueve años de recorrido creativo). Si uno no conociera a los amigos de El Genio Equivocado, aludiríamos al viejo cliché del rock de los discos entregados por obligaciones contractuales, pero aquí no hay nada de eso (su sello ha sido tan fan y cómplice como el que más). Esto es otra cosa. Esto es cuestión de cumplir una palabra y un pacto de sangre sellado con sus seguidores, aquellos que supieron desentrañar el código de unas canciones que, con afilada ironía y pinceladas de realismo mágico hablaban de lo que nos rodeaba. Por ello, el catálogo final que nos dejan es una enciclopedia perfecta de la década en la que aprendimos a vivir inmersos en una crisis y a encontrar nuevas maneras de ser felices. Si bien la escena barcelonesa es la que mejor supo abrazar a Las Ruinas, gran parte de lo que cantan es universal e himno potencial para un público mucho más amplio del que finalmente acabó uniéndose a su causa en algún punto del camino.

En cuanto a las canciones de su último disco, aunque escueza valorarlas como última exhalación, ciertamente nos muestran a una banda que fue añadiendo matices a su propuesta por el camino, que no ha abandonado del todo el desenfado punk de sus inicios, pero que se han confirmado en realidad como power trio rockero perfectamente solvente y versátil en la ejecución de sus composiciones de tres minutos. Tan solo hay que escuchar la manera en que interactúan y asientan riffs sobre el ritmo pesado de la inicial Coloso para comprobar que estamos ante una banda de peso (no sé si les gustará la comparación, pero justo ese tema me ha recordado a algunas de las piezas más oscuras y complejas del repertorio de Los Enemigos, un grupo que, a su manera, dejó en el Madrid de los bares y pequeños locales de los 90 una estampa similar a “las ruinas” que ahora quedarán en la noche musical de Barcelona.

Hay mucha chicha con la que disfrutar aquí, pero ante todo nos toca celebrar que antes de irse hayan dejado un recadito en forma de saltarín funk rock para aquellos que se dejan llevar por los dictámenes de las masas y por el caldo de cultivo de las “fake news” (Piensa por ti mismo); o que nos hayan regalado la tonada definitiva que cantaremos el día en que decidamos abandonar ese trabajo infame en el que no se nos valora (Espléndido); o que se hayan acordado con cariño y alma reivindicativa del asesinato de la activista hondureña Berta Cáceres (Elévate); o que nos hagan compañía cuando el cuerpo nos recuerda nuestra edad a golpe de achaques (Movimiento).

Al final, la despedida. Porque tenía que llegar, la última canción del último disco de estudio de Las Ruinas. Y han tenido que ser ellos los que mejor describan las razones por las que a veces nuestra banda semiprofesional favorita tiene que decirnos adiós: “Quiero un solo sitio / Quiero estabilidad… … Que el país se pare, que me quiero bajar / ¿En qué nos ha convertido? / no se puede soñar / Siempre estamos de paso…. Somos errantes”. Salud y gracias, queridos errantes.