Mi querida Contra vuelve al mejor de los deportes, el baloncesto, con un clasicazo. Porque acaban de publicar Las reglas de Jordan, del afamado periodista Sam Smith. O, como revela su subtítulo, la turbulenta intrahistoria de la temporada 1990-1991 del legendario escolta y «sus» Chicago Bulls. Una lectura obligatoria para cualquier seguidor de la NBA, de plena actualidad gracias a la serie documental The last dance y el 75º aniversario de la competición, ya que el año en cuestión es el de su primer título. Y el inicio de la dinastía que tiranizó los 90.

Nacido en Brooklyn en 1948, Sam Smith ha cubierto baloncesto durante más de cuatro décadas. Tras ejercer de reportero del Congreso y editor jefe del State News Service en Washington D.C., se convirtió en secretario de prensa del senador por Connecticut Lowell Weicker, cargo que dejó para unirse al Chicago Tribune en 1979. Fue reportero y columnista del diario durante 28 años, primero escribiendo noticias locales y política nacional. Luego, en 1983, pasó a deportes y, en 1987, a escritor de los Bulls / NBA a tiempo completo. 

En la actualidad, escribe para la web oficial de la franquicia. Smith ha obtenido los galardones más prestigiosos del periodismo deportivo, como el Curt Gowdy Media Award del Hall of Fame de la NBA o el Lifetime Achievement de la Professional Basketball Writers Association. Las reglas de Jordan, su debut, está considerado uno de los mejores libros de deportes de la historia. También es autor de Hard Labor, sobre los inicios de la NBA, Second Coming y There Is No Next, ambos sobre Jordan. Y coautor, junto a Derrick Rose, de I’ll Show You, la autobiografía del renacido base de Chicago.

Las reglas de Jordan es un insight catedralicio que, desde la perspectiva actual, se antoja irrepetible. En su momento, fue un best-seller que arrojaba una mirada distinta al número 23. Y, aunque el controvertido —mega eufemismo— director deportivo Jerry Krause aseguró que Smith se lo inventó casi todo, ahora, gracias a múltiples obras y el ya mencionado The last dance —del que habla en la jugosa nota final para esta edición— , las piezas encajan. Ahí radica la excepcionalidad del libro. Ser el pionero en contar esa historia. Hacerlo dándole espacio a una polifonía de voces. No casarse con nadie. Y resultar una lectura intensa, sin bajones —impecable la traducción de David Fernández—. Son 400 páginas dentro de un vestuario en pos de su primera gesta. Y en constante convulsión…  

Homenaje en el United Center a los Bulls campeones de 1991, con motivo del 20º aniversario del título. Foto: Jonathan Daniel/Getty Images

Porque Las reglas de Jordan ataca todos los flancos con igual denuedo. El calendario, mes a mes, de la temporada. Los grandes rivales, ofreciendo una completa disección de aquella NBA —los Celtics de un achacoso Bird, los Sixers del bocazas Barkley, los quebradizos Knicks de Ewing y, sobre todo, los archienemigos «Bad Boys» Pistons—. Los entresijos desde y con la directiva, con esa extraña pareja formada por Krause y el dueño Jerry Reinsdorf. La singular personalidad —más ladina, no tan zen—, cuitas y artimañas del entrenador Phil Jackson. La plantilla de los Bulls, con una magnífica, loable intención, de brindarnos sus propias versiones. Un esmerado epílogo sobre el año después a la consecución del anillo. Y, sobrevolando todos y cada uno de esos temas y personajes, Jordan, claro. 

En Las reglas de Jordan está todo lo que vimos en el documental acerca de su figura. El narcisismo, la obsesión asfixiante ya no por ganar, sino por acaparar los tiros y los méritos. Su extrema terquedad, que con frecuencia arribaba al despotismo, dentro y fuera de la pista. En definitiva, lo pésimo compañero que Michael Jordan fue. Pero Sam Smith también nos muestra sus zozobras, relacionadas con la presión de ser el rey de la competición. Incluso aborda los titubeos de una personalidad que, a veces, se asemejaba a la de un niño grande, normalmente consentido al máximo a causa de su incomparable talento. Sin embargo, capaz, ni que sea alguna vez, de reconocer cuando ha metido la pata —enorme la conversación con el propietario—. Fascinante.

Precisamente, esa capacidad de penetrar en el terreno personal es lo que, a mi juicio, eleva Las reglas de Jordan a la categoría de obra mayor del género. Sam Smith nos brinda la lectura de las tormentosas relaciones dentro del equipo a partir de las exégesis de buena parte de sus integrantes. Así, sabemos de Scottie Pippen y el background familiar tras sus angustias por la renovación de contrato —agravadas por el posible fichaje de Toni Kukoc—. La fragilidad emocional del por otra parte clave Horace Grant, habitual chivo expiatorio, o B.J. Armstrong. Los infructuosos intentos pro-activistas de Craig Hodges. Los vilipendiados Hopson, Levingston o King. Y los veteranos Bill Cartwright o John Paxson, secundarios de lujo tanto en aquellos Bulls campeones como en el libro. 

No quiero destripar nada más. Simplemente, a los que conocen algo o mucho la historia, decirles que en Las reglas de Jordan no falta nada. Es más, el acceso diario que Smith tuvo a los jugadores, le permite abordar el lado humano de ese plantel. Un ente con ánimos, dinámicas y problemas propios. Y de lo más voluble, por tanto, apasionante. Y, a los que se acerquen —¿es eso posible?— vírgenes a este relato, os envidio. Como vais a disfrutar este libro…