Dos hombres y un destino

Sobre encontrar nuestro lugar en el mundo -no solo en el sentido geográfico- versa Las ocho montañas, bonita película italiana dirigida por Felix Van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, adaptando la novela del mismo nombre de Paolo Cognetti.

Lo que se nos cuenta es la historia de dos amigos, Pietro (Luca Marinelli) y Bruno (Alessandro Borghi), a través de los años y desde su infancia. El primero es el típico niño de ciudad, atrapado en un piso del que no puede salir porque «todo es peligroso» que descubre otro mundo cuando comienza a veranear en un pequeño pueblo de montaña en el que solo hay un niño, Bruno. La historia se prestaba a lo novelesco, pero evita caer en lo literario limitando la voz en off narrativa del protagonista, Pietro, y permitiendo que los tiempos muertos -de naturaleza casi documental- sean el cuerpo del film: veremos a los personajes realizando acciones físicas casi en silencio, como las labores de Bruno con el ganado, las excursiones con el padre de Pietro, la reconstrucción de una casa en la que se embarcan los amigos, las cenas a la luz de la chimenea, o los momentos contemplativos de ambos personajes en los que el paisaje, las montañas, se erigen en el tema central del relato.

Puntúan la película esa narración ya mencionada y diversos temas musicales que marcan los momentos más emotivos de una obra que propone la naturaleza como vía de escape a las insatisfacciones de la vida moderna y urbana. Las ocho montañas generaliza también definiendo al género masculino como a seres soñadores e insatisfechos por naturaleza, siempre con la mente en un lugar distinto al que ocupan -vital o geográfico- y dispuestos a huir de responsabilidades o lazos familiares y sentimentales. Los dos amigos, Pietro y Bruno, y el padre del primero (Filippo Timi), comparten una insatisfacción vital y buscan su lugar en el mundo, que puede estar muy lejos o muy cerca, en el punto de origen, en el lugar en el que se nace. Una visión parcial con la que se puede comulgar, o no.