Las niñas

Huérfanas

En la metáfora de la sociedad española que propone la directora debutante Pilar Palomero en Las niñas, algunas cantan y otras fingen hacerlo. Lo importante es la apariencia de armonía y orden. Palomera sitúa su historia concretamente en un colegio de monjas, a principios de los años 90, en Zaragoza, y desde la experiencia de la niña protagonista, Celia (Andrea Fandos) dibuja una sociedad hipócrita que no entiende de individualidades. Mientras Celia aprende en el colegio que el ‘seso’ solo puede existir en el matrimonio, en la televisión o en la portada de Interviú, ve el reflejo de una sociedad en la que el sexo es una mercancía. Una doble moral y una hipocresía que se utiliza para marginar y para mantener un orden basado en clases sociales: atención a cómo aparece la palabra ‘huérfano’ varias veces durante el relato y a las connotaciones que tiene dicho término. 

Palomero se concentra en sacar la mejor interpretación posible de las niñas de su película, haciendo un retrato naturalista de una época y del universo preadolescente de las mismas. Llama la atención el marcado contraste entre el control al que son sometidas las niñas en el colegio religioso, y la libertad de la que gozan fuera, debido a la absoluta desatención de los adultos. Los padres y los profesores permanecen siempre en un segundo plano: la cámara de Palomero los registra en contrapicado, como figuras lejanas, inalcanzables. La madre de Celia, una efectiva Natalia de Molina, expresa esa brecha generacional, la falta de comunicación y sobre todo una inmensa ausencia de cariño. Eso deja a Celia verdaderamente huérfana, pero de humanidad. Ella es un náufrago de mirada asustada en medio de una sociedad hostil, que debe buscarse la vida para enterarse de las verdades que se le ocultan. Lo hará a través de cintas de cassette de grupos de pop español, de furtivas caladas a cigarrillos y de robar el alcohol del minibar de algún padre ausente. 

Con un final emocionante que marca el paso de Celia de la niñez a la adulta que podría llegar a ser, no me parece descabellado establecer conexiones entre Las niñas y Verónica, de Paco Plaza, que convierte el rumor subterráneo de esa misma España de principios de los años 90, en una posesión infernal.