Memoria sentimental

Las leyes de la frontera, dirigida por Daniel Monzón adaptando una novela de Javier Cercas-con guión de Jorge Guerricaechevarría– es un estupendo relato de iniciación revestido con una mirada nostálgica de memoria cinéfila. Nacho (Marcos Ruiz) podría ser el protagonista de una película de los 80: un chico tímido -el ‘gafitas’ le llaman- que sufre el acoso de los malotes del barrio y que se refugia en el cine -donde ve una de Terence Hill y Bud Spencer-. Su vía de escapatoria aparece por casualidad, en un salón de recreativas -en unos billares- donde conocerá a Tere (Begoña Vargas) y a Zarco (Chechu Salgado), dos jóvenes delincuentes que llevarán de la mano a Nacho a otro mundo, lejos del manto protector de su familia de clase media, pero también de su incomprensión. 

Nacho conocerá un mundo de pobreza, de delincuencia, drogas, y prostitución. Pero la película nos enseña ese mundo sin la sordidez y la falta de esperanza de lo real, para recrear el lumpen bajo el filtro de la fantasía del cine quinqui. Aquí los chavales son guapísimos, sexys, no tienen las marcas ni las ojeras de la heroína, demuestran una solidaridad envidiable y sus crímenes son aventuras excitantes de riesgo y rebeldía. Son los recuerdos de Nacho, un rebelde sin causa que, en realidad, lo que vive es su primera historia de amor. Una trama que funciona gracias al gran atractivo del personaje de Tere -estupenda Begoña Vargas, a la que veo nominada al Goya a actriz revelación- que encarna el misterio de esa chica inalcanzable que todos guardamos en la memoria para siempre. 

Con estos elementos, Monzón construye una obra vital, muy entretenida y entrañable por sus estupendos personajes. La película que me habría encantado ver con 16 años y que con 46 me ofrece el placer de echar la vista atrás, a esos momentos decisivos en los que la vida puede cambiar de rumbo y marcarnos para siempre. Y a pesar de su componente lúdico y fantasioso, Las leyes de la frontera no huye del sabor amargo de la triste realidad que pone a cada uno en su sitio y que suele salvar a los privilegiados y cebarse con los que no lo son, sean culpables o no.