Ficción experimental. Dos palabras aterradoras para servidor, porque con demasiada frecuencia suelen ser sinónimo de obras vacías, huecas, donde la forma, el estilo se impone al inexistente fondo. Son las que usa Guy Trebay para definir Lancha rápida en el posfacio del libro, editado con esmero y buen gusto —fantástica cubierta— por Sexto Piso, y que supone la primera vez que la periodista y escritora Renata Adler, autora de culto en Estados Unidos —la Joan Didion de la Costa Oeste—, es traducida a nuestro idioma. Vaya, que hoy nos toca darnos un paseo por el lado vanguardista, posmodernista y todos los “istas” literarios que se os ocurran. Da miedo, ¿verdad? Pero tranquilos, luego no es para tanto…

Lancha rápida hubiera podido titularse Mi confusión, tu confusión, nuestra confusión. Es la palabra que define a Jen Fain, su joven protagonista —claro trasunto de la autora—, una desorientada periodista bastante insufrible, y con una capacidad innata para convertir en ácido corrosivo cualquier escena cotidiana en apariencia de lo más banal. Pero no sólo a Fain, sino a todo habitante de ese particular Nueva York de mediados de los 70 con el que ella interactúa en este singular collage impresionista.

Eso es precisamente este escurridizo libro, que se resiste a ser calificado como novela. En realidad el lector está delante de una sucesión de escenas escritas en un punto equidistante entre la crónica puntillosa —y algo virulenta— y la plasmación de sensaciones. No hay un orden, y la progresión de la trama es, siendo muy muy generosos, difusa. Como las obras en prosa de Patti Smith, pero menos poética y con mucha más mala leche. Y siempre con una tenue y, sin embargo, perenne percepción de desasosiego vital, de preguntarse “¿qué diablos hago yo aquí?”.

¿Adónde conduce Lancha rápida? Me temo que no tengo una respuesta. Adler logra fragmentos de una brillantez innegable, páginas que pueden contarse como perfectas, por su precisión y afilada mirada, demoledoras en su capacidad para retratar una fiesta, una relación, o realidades mundanas que se dirimen en conversaciones telefónicas o préstamos económicos. La autora es un auténtico prodigio con las frases… ¿pero vamos más allá de la mera divagación?

En ese sentido, entiendo las referencias a que Adler haya sido definida como precursora de la escritura de las redes sociales, la más salvaje y certera tuitera mucho antes de que Twitter existiera. O que la Alt-Lit la haya reivindicado como una especie de musa. Incluso que vean en su obra el germen de la serie Girls, comparando a Adler con Lena Dunham. Pero al mismo tiempo me pregunto si todas esas comparaciones, en principio elogiosas, más bien son todo lo contrario. Lo siento, me parece dramático, penosamente revelador de los tiempos que vivimos, que el periodismo actual se mida en tuits. O que el solipsismo, la egomanía y la alucinante vacuidad de determinadas —muchas— series sean referencias culturales. Flaco favor, en mi opinión, el que le hacen a Adler.

Personalmente, creo Lancha rápida debería considerarse en sí mismo, ajeno a comparaciones con nuestra época digital y de consumo vertiginoso. Simplemente dejarse llevar por sus hallazgos formales, sus frases, a veces sentencias, sardónicas o angustiosas, y ver que nos transmiten a cada uno de nosotros. No creo que dos personas lleguen a las mismas sensaciones ni conclusiones. Seguramente ahí radica gran parte de su mérito y valor literario.