Hoy salgo de mi habitual «zona literaria de confort» para aterrizar en Japón gracias a la editorial Salamandra y su potente colección Black con El lagarto negro, una de las novelas más célebres de Edogawa Rampo —misterioso seudónimo de Hirai Taro en el que se oculta la pronunciación japonesa de Edgar Allan Poe, menudo homenaje—, auténtica leyenda del género en el país del «sol naciente».

Fallecido en 1965, tanto la popularidad de su ingente obra —67 novelas y 76 relatos lo contemplan—, llevada al cine y la televisión en múltiples ocasiones —incluso el manga y el anime beben de su influencia, sino mirad los nombres completos de los protagonistas de Detective Conan— como su determinación por lograr que el noir fuera reconocido en Japón, fundando la Asociación Japonesa de Escritores de Misterio, hicieron de Rampo una figura ineludible al hablar de suspense. De hecho, el premio japonés más importante del género lleva su nombre. Una fama que, afortunadamente, también ha traspasado fronteras.

Publicada originalmente en 1934, El lagarto negro es una de las novelas de referencia de Rampo, epítome de algunos rasgos que, tras indagar un poco, parecen característicos de su extensa bibliografía: la existencia de un detective/investigador que es un verdadero genio de la deducción —la influencia de Poe y Conan Doyle es, de nuevo, evidente—, un peculiar sentido del humor —las recurrentes interpelaciones al lector provocan nuestras sonrisas—, siempre presente, bastante acción —con un punto rocambolesco— y elementos «adicionales» como una cierta sensualidad o una querencia por lo grotesco y retorcido, que podría entroncarlo con el pulp. En el caso que nos ocupa, aspectos todos ellos al servicio de una trama que no da tregua, alambicada, entretenidísima y, sobre todo, de un duelo titánico entre dos archienemigos: Kogorō Akechi —el detective por antonomasia de Rampo, protagonista de más de una docena de sus novelas y otros tantos relatos— y madame Midorikawa, alias «Lagarto Negro» —por el hiperrealista tatuaje de su brazo—. Un héroe y una villana cuyas «colisiones» no tienen nada que envidiar a los universales «encuentros» entre las mentes maestras de Sherlock Holmes y James Moriarty.

Y es que, aunque hayan secuestros, suplantaciones de personalidad, más disfraces que en Mortadelo y Filemón, y el robo de una joya de un valor incalculable, el motor absoluto de El lagarto negro es ese juego perverso, contradictorio y fascinante, entre la admiración mutua y la rivalidad más temeraria, en que Akechi y Midorikawa convierten sus idas y venidas, anticipándose al siguiente movimiento del otro, retándose en la distancia o en la más pura intimidad —la imposible conversación en el canapé es una escena sublime—, y obsesionándose con su némesis hasta el punto en que uno diría que dicha competición fratricida es más importante que el propio crimen/delito y su resolución.

Sin embargo, encuentro a Midorikawa bastante más interesante y compleja como personaje que al adalid de la justicia Akechi. Nuestra malhechora es un más que notorio progreso —hecho relevante si recordamos el año en que la novela vio la luz— del «requetemanido» arquetipo de la femme fatale, impúdica y sensual, tan irresistible físicamente como brillante en la planificación de sus golpes, obstinada en la consecución de sus metas y sedienta ante la asunción de nuevos retos y nuevos contrincantes a quienes derrotar. Es, sin duda, la creación más poderosa de El lagarto negro, y también la que permite a Rampo introducir los momentos y situaciones más desconcertantes de la historia, en un tramo final truculento y enfermizo. 

El resultado es una obra cuya calidad literaria per se pudiera ser debatible —algo chirría en determinados diálogos, por ejemplo— y que probablemente necesite de la connivencia del lector para que ciertas situaciones o giros resulten del todo creíbles. Pero, pese a ello, El lagarto negro sigue siendo una novela tremendamente disfrutable. Además de una malvada estupenda, carismática y escurridiza, es un prodigio de ritmo, todo «músculo noir» sin «aditivos», e inmediatamente adictiva. Posee una sana dosis de irreverencia y «salidas de tono» inesperadas, ahora divertidas, otrora pavorosas, impidiendo encasillar la obra fácilmente. En definitiva, uno de esos libros que difícilmente podrás evitar leer de un tirón, y un divertimento más que recomendable para todo buen amante del suspense y las peripecias detectivescas.