Envuelta en polémica y, sin embargo, saludada por la crítica como una de sus mejores obras. Así nos llega, gracias a Anagrama en nuestro país, La zona de interés, el regreso a la acción literaria de Martin Amis, uno los autores más celebrados —también controvertidos— de las últimas décadas. Y es que el británico, autor de novelas tan aclamadas como Dinero, Campos de Londres, Tren nocturno o Lionel Asbo, se ha decidido por un tema siempre peliagudo para enmarcar su último libro, el nazismo, enfocado desde un prisma novedoso y audaz. Dando voz a los verdugos y escribiendo en un tono más cercano a la comedia negra, a la farsa, bajo el telón más atroz que la humanidad haya conocido jamás.

No es la primera vez que Amis se enfrenta al Holocausto en su carrera. De hecho ya exploró ese territorio con La flecha del tiempo. Pero el planteamiento es muy diferente en esta ocasión. Sí, estamos en un campo de concentración, pero el terror y la historia de las víctimas no es el tema del libro, sino el personaje secundario sobre el que se desarrolla una historia que leemos construida a tres voces. En primer lugar, la de a Golo Thomsen, joven oficial emparentado con uno de los mandamases del Reich, Martin Bormann, responsable del buen funcionamiento del campo y, más concretamente, de que los cuerpos desaparezcan de la forma más eficiente, eficaz y limpia posible en los crematorios y las cámaras de gas. Luego encontramos a su némesis, el comandante Paul Doll, un alto mando en caída libre. Y cerrando el trío protagonista tenemos a Szmul, un sonderkommando, un judío obligado —y torturado eternamente por ello— a ayudar a los nazis a acabar con los suyos..

En ese desolador panorama, Amis juega a descolocar por completo al lector. El masacrado pueblo judío no es aquí el centro de atención en un drama descarnado y brutal, sino el motivo de las tribulaciones de un conjunto de mandos militares, funcionarios y “esclavos”, que trabajan por hacer del exterminio la labor más precisa y racional posible, una tarea con riesgos, dificultades e inconvenientes varios. Entiendo que las tribulaciones de un puñado de estresados nazis y deleznables cobardes acerca de qué hacer con el overbooking de población que les va llegando al campo de concentración, o sobre cómo lidiar con el pestilente olor de los cuerpos consumidos puede levantar ampollas entre determinados lectores. No es una lectura normal, cierto, pero acusar a Amis de frivolidad, dejándose llevar por esa peligrosa ecuanimidad que dictamina sobre qué se puede escribir y sobre qué no cuando hablamos de tragedias o determinados episodios de la historia, es un tremendo error de juicio.

A mi modo de entender, el escritor de Swansea está llevando la sátira hasta un nivel de incomodidad pocas veces intentado en la literatura, haciendo que el humor adquiera una trascendencia, una enjundia —una mala leche, vamos— que trastoque al lector. La zona de interés no va a provocarte carcajadas, pero cuando se te escape una sonrisa automáticamente pensarás ”¿pero te das cuenta de lo que te estás riendo?” Y si lo analizas sin dejarte llevar por los titulares sedientos de crear polémicas la respuesta es sencilla: te ríes del absurdo. Esa es, en mi opinión, la palabra clave de este libro. El absurdo de una maquinaria creada para acabar con un pueblo, en el nombre de un absurdo régimen liderado por un demente, en plena contienda de dimensiones absurdas y grotesco número de víctimas. ¿Cómo diablos va a ser posible racionalizar lo absurdo? Lo que Amis pone ante los ojos del lector es esa patética, imposible meta. En definitiva, nos reímos de unos verdugos que ya vislumbran la derrota —el libro nos sitúa en los estertores del Reich— y, como pollos sin cabeza, siguen empecinados en su objetivo inalcanzable. El filósofo francés Henri-Louis Bergson decía que en la comedia, en la búsqueda de la risa hay “una intención inconfesada de humillar y, por ende, de corregir, al menos exteriormente. Por eso la comedia está mucho más cerca de la vida real que el drama”. Pocos ejemplos mejores me vienen a la cabeza que La zona de interés.

Pero Amis quiere más, busca “rizar el rizo”, e introduce una historia de amor. Si la sensación de que el campo de exterminio y, por extensión, el Reich era una absoluta jaula de grillos está soberbiamente lograda, en cambio encuentro que el romance hace bajar enteros a la novela. No tanto por los personajes masculinos, que adquieren nuevos matices, especialmente en el caso del comandante Paul Doll —con diferencia el más interesante y complejo de la obra— un “niño grande” que va revelándose tan mezquino como frágil a medida que ésta avanza. Sino por el personaje de Hannah Doll, esposa de Paul y objeto de los deseos de Golo, cuya ambigua, luego desmedidamente valiente posición se me antoja poco creíble. Además, creo que Amis, a excepción de la introducción del personaje histórico de Bormann —el tema de Hungría como corolario de la sinrazón, de la pérdida total de cordura de un régimen que prefiere morir matando hasta el final, aunque éste sea obvio— abandona el tono satírico y se decanta por la trama digamos “romántica” en el último tramo de la novela, lo que en mi opinión es una lástima. Posiblemente el escritor británico buscaba centrar su conclusión, si es que la tiene, en la titánica tarea de poseer, de adquirir una identidad, una definición de uno mismo en unas circunstancias tan particulares y lacerantes. ¿Se puede ser humano cuándo has ignorado cualquier vestigio de humanidad en tus acciones? ¿Pueden acogerse a la esperanza del amor quiénes se han dedicado a la barbarie? ¿Habrá paz para los malvados —y quiénes han callado—? La respuesta de Amis, de nuevo, no debería dejar a nadie indiferente.