La siempre inquieta y estimulante editorial Capitán Swing nos propone descubrir a Nellie Bly, un icono norteamericano, figura tanto del feminismo como del periodismo, pionera del reporterismo de investigación a lo gonzo ya a finales del siglo XIX, y célebre aventurera que batió —y contó— el récord de la vuelta al mundo, en la que es su pieza más conocida y que da título a este volumen recopilatorio de sus escritos más célebres —traducidos al castellano por Silvia Moreno Parrado—. Una mujer fascinante, de «armas tomar» y siempre en movimiento, que ni en sus crónicas sobre el terreno ni en su propia y apasionante vida, se anduvo con «medias tintas».

Elizabeth Jane Cochran, conocida universalmente como Nellie Bly, nació en 1864 en Pennsylvania, y comenzó a desarrollar su carrera como indómita periodista con apenas veinte años, en una época en la que una mujer pudiera dedicarse a ello ya suponía todo un desafío. A los veintiuno, reacia a aceptar el rol habitual reservado para las de por sí escasas mujeres articulistas, las llamadas «páginas de mujeres» —moda, sociedad y jardinería—, Bly se fue a México para trabajar de corresponsal en el extranjero, escribiendo la serie de artículos sobre el lugar y sus gentes que daría lugar al libro «Seis meses en México». Pero sería de vuelta en Nueva York, ya a las órdenes del poderoso Joseph Pulitzer, «padre» de la prensa «amarilla» —«el tatarabuelo» de Inda y compañía, vamos— en el New York World, donde Nellie gestó su leyenda.

Primero con «Diez días en un manicomio», de 1887 y, en opinión de quien escribe su reportaje más estimable, Nellie Bly comenzaría a derribar las barreras y los prejuicios que relegaban a las mujeres a las secciones más superficiales de la prensa escrita —cuando no al hogar—. Haciéndose pasar por una joven de origen cubano muy desorientada y emocionalmente frágil, Bly se introdujo en el terrorífico Women’s Lunatic Asylum de Blackwell’s Island durante diez días, elaborando una serie de textos a medio camino entre la denuncia sobre la situación de las mujeres —una vez leído, me niego a decir enfermas— confinadas en el frenopático, y el retrato acerado y sobrecogedor, gonzo en primera y demoledoramente acusadora persona.

Pero, sobre todo, la fama, mejor dicho el mito de Nellie Bly, surgirá a raíz de su extraordinario periplo como trotamundos recogido en «La vuelta al mundo en setenta y dos días», un singular diario de viaje, del 14 de noviembre de 1889 al 25 de enero de 1890, acerca de su gesta planetaria. Con el objetivo de superar la cifra de ochenta días de la aventura literaria protagonizada por Phileas Fogg en la célebre obra de Julio Verne —a quien la reportera conocerá personalmente—, la norteamericana volvió a dinamitar los convencionalismos al afrontar y lograr tamaña empresa ella sola. De ese modo, «nacería» un poderoso símbolo sobre la independencia y valentía femenina, que permanecería incólume durante décadas —en diversos grados, como bien se explica en el prólogo y la introducción del volumen, firmadas por las académicas y autoras Jean Marie Lutes y Maureen Corrigan— e incluso tendría su lado comercial, con merchandising de todo tipo, hasta su propio juego de mesa.

Tras un período con un desenlace algo oscuro como empresaria, rol que también desmontaba no pocos estereotipos, Nellie Bly volvería al periodismo, aportando otras piezas notables acerca del papel de la mujer en la política, con especial atención a la convención de 1913 en favor del sufragio femenino. También tendría tiempo de regresar a su papel como corresponsal, de nuevo demostrando un coraje sin parangón, al relatar el desastre humano en el Frente del Este de la Primera Guerra Mundial como testigo privilegiada, siendo una de las primeras mujeres en ejercer como reportera bélica. Regresada a Estados Unidos, en su última etapa Bly ejercería de columnista-trabajadora social en el New York Journal, escribiendo pese a sus problemas de salud hasta enero 1922, cuando falleció a los cincuenta y siete años. 

El contexto es esencial para disfrutar plenamente y valorar en su justa medida La vuelta al mundo en setenta y dos días. De otra forma, algunas de sus crónicas sobre los lugares que visitó a veces caerían en lo peor del relato exótico, con generalizaciones que hoy bordearían el racismo, un exceso de condescendencia, patriotismo algo rancio y bobo y pasajes que, con frecuencia, se perderían en cuestiones pueriles a los ojos del lector contemporáneo —aunque quizás deba poner esta aseveración en cuarentena, dado el nivel actual del periodismo—. Ciertamente, el estilo periodístico de Nellie Bly debe supeditarse a los gustos de la época en el que sus textos fueron publicados y, especialmente al «amarillista» medio en el que vieron la luz. Asumido ese prisma, uno puede asombrarse con su excepcional osadía, su vivacidad y arrollador dinamismo, así como su polifacética habilidad para abordar registros de lo más diversos. Y felicitarse porque, aunque llegue tarde, por fin podemos disfrutar de una pionera del periodismo y el feminismo en nuestro país.