La Peste es la mejor serie que se ha hecho en España. Sé que está afirmación es arriesgada: no he visto todas las ficciones televisivas producidas en nuestro país. Pero si tenemos en cuenta el esfuerzo detrás de esta producción, su ambición artística y el talento de los autores implicados, creo que nunca antes se había intentado algo así en el audiovisual nacional (que vive, quizás, su mejor momento). La primera frase que leemos al comenzar la historia, quizás, lo resume todo: Sevilla siglo XVI. La recreación histórica de la capital andaluza es impresionante. Y muy inteligente, no es una mera cuestión de presupuesto. La labor de documentación para el guión que deben haber realizado los guionistas, Rafael Cobos y Fran Araújo -asistidos por un historiador- es simplemente apasionante: hay tantos detalles interesantes sobre cómo era la vida en aquella época, que solo por eso, la serie vale su peso en oro. Pero hay más. El escenario histórico nos transporta, sí, pero para contarnos una historia con preocupaciones que se proyectan claramente en conflictos actuales mediante una visión crítica. Y la peste que asola a la ciudad -y a toda Europa- es una metáfora de la decadencia moral de la sociedad, que también refleja nuestras miserias de hoy. Esa peste, como siempre, perjudica sobre todo a los desfavorecidos. «La verdadera peste es la ignorancia» se dice en algún momento. Esa ignorancia se manifiesta en la miseria, el odio, el machismo y la falta de respeto por la vida del otro. Todo esto sirve de telón de fondo para una investigación criminal que se encomienda al protagonista, Mateo NúñezPablo Molinero, todo un descubrimiento- que incluye grotescos crímenes que no son más que un McGuffin para indagar en las sombras del poder.

En La Peste, Alberto Rodríguez recupera las constantes de una filmografía coherente para hablarnos del estado de las cosas y de paso proponer la educación -la cultura, los conocimientos de los que hace gala el héroe, impresor de libros- como la mejor arma contra la oscuridad. Hay elementos del cine de Rodríguez -intencionadamente o no- en los seis capítulos de esta serie de Movistar. Incluso la idea del valor de la vestimenta como símbolo de estatus -los pobres que se dedican a vender la ropa de los muertos por la peste- de su ópera prima en solitario, El traje (2002). Anécdotas aparte, mencionemos el retrato de la infancia abandonada de la Sevilla del XVI -raterillos Dickensianos temibles- que anteceden a los chavales sin futuro de 7 vírgenes (2005). Por otro lado, hay que decir que el director sevillano es probablemente el autor que mejor ha retratado su ciudad natal en nuestro cine. La conoce muy bien. En la vibrante Grupo 7 (2012), utilizaba la oportunidad económica de la Exposición Universal de 1992 para hablar de la pobreza y del atraso de la ciudad hispalense. Aquí, la peste reemplaza a la droga de aquella: hay que esconder la miseria bajo la alfombra para que los privilegiados sigan aprovechándose de la riqueza que llega por el puerto de entrada para el Nuevo Mundo. Como si habláramos de la burbuja inmobiliaria -la de antes de la crisis o la actual-, Rodríguez nos cuenta lo que ya sabemos, que de estas oportunidades se aprovechan los de siempre. Los ricos se hacen más ricos. Como los policías de aquella, aquí Mateo y el joven bastardo Valerio (Sergio Castellanos) se mueven entre lo recto y la corrupción, de su propio cuerpo policial o de la Santa Inquisición. Los cruentos crímenes a los que se enfrenta Mateo, nos remiten por supuesto a la Isla Mínima (2016), en la que los asesinatos no eran más que la cara visible de un mal mayor -la corrupción política, el fascismo-. Rodríguez nos dijo que esa corrupción económica, política, moral, es una cuestión cultural, una cosa muy española, en El hombre de las mil caras (2016). Ahora, con La Peste, al remontarse al siglo de las Colonias, nos dice que es genética.

La lectura contemporánea de lo que nos muestra la serie es inevitable: la lucha feminista del personaje de Teresa Pinelo (Patricia López Arnaiz); los tejemanejes de Luis de Zúñiga -estupendo y ambiguo Paco León como «el bigotes» del siglo XVI- experto en utilizar los pecados ajenos en beneficio propio pero siempre a la sombra de una maldad todavía más temible; la tenebrosa Inquisición que se corresponde con los peores excesos autoritarios de los últimos años en la España actual. Pero la calidad de La Peste no tiene que ver únicamente con esta visión crítica. El apartado visual acompaña la potencia de sus ideas. Rodríguez y Paco R. Baños se reparten los capítulos, consiguiendo imágenes sobrecogedoras: el ataque de los niños «luceros», que iluminan con chispas fulgurantes a su víctima; el caballo blanco y ciego que corre por instinto por misteriosos pasillos subterráneos con un enigmático jinete; el clímax en las hogueras de la Inquisición, simplemente insoportable. Todo eso es esta serie: el dibujo del panorama completo de una ciudad, de una época, y la constatación de que no somos tan distintos. La absorbente intriga criminal está salpicada además de elementos metafísicos: las visiones de la muerte que tiene el protagonista, las supersticiones de la época, la acertada descripción de la ciencia que en ese momento era prácticamente magia.