En el Santuario de la Difunta Correa, los creyentes ofrecen botellas de agua para que nunca le falte el preciado líquido a la santa. Cuenta la leyenda, que Deolinda Correa murió de sed, en mitad del desierto, en San Juan, Argentina, mientras amamantaba a su hijo. Esa leyenda y la posibilidad de que esta santa popular sea capaz obrar milagros, están muy presente en La novia del desierto, mejor película en el pasado Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. Estamos ante una historia de soledades: primero, la de Teresa Godoy, una empleada doméstica que ha dedicado su vida a trabajar para una familia de Buenos Aires y que ahora se ve obligada a trasladarse a otra casa; y la de ‘El Gringo’, vendedor ambulante que no es «ni de aquí, ni de allá». Poco más necesitan para hacer su ópera prima Cecilia Atán y Valeria Pivato, que escriben y dirigen esta coproducción chileno-argentina que participó en la sección Un Certain Regard en el pasado festival de Cannes.

La historia de Teresa es prácticamente la de una muerte, la de una vida que se acaba al servicio de una familia, por lo que debe iniciar el tránsito hacia un mundo diferente y desconocido. Literalmente, una travesía a través del desierto. Pero Teresa se queda atrapada en un limbo de escenarios fantasmales: en el pasado, los de una casa que se ha quedado deshabitada; y en el presente, los de la inmensidad de un desierto hermosamente fotografiado por Sergio Armstrong. Las directoras utilizan estos escenarios para pintar un paisaje casi metafórico, que empequeñece a los personajes en las grandes extensiones desérticas, o los atrapa en casas y caravanas destartaladas, o en un mercadillo, entre los vestidos blancos de la Difunta, que parecen fantasmas. Llama la atención cómo se utiliza el fuera de foco para acentuar la sensación de que Teresa habita un mundo de espectros. El film está hecho de imágenes borrosas, reflejadas en cristales y espejos.

La historia es mínima, porque Teresa no tiene nada y extraviar su bolso es perderlo todo. En este sentido, cuesta no pensar en el neorrealismo italiano, en el gran clásico Ladrón de bicicletas (Vittorio De Sica, 1948), ante la búsqueda desesperada de ella. La aparición de otro solitario, ‘El Gringo’, nos habla también de alguien que tampoco tiene nada, y que se aferra a la oportunidad que se le presenta, a toda costa. Estos dos seres humanos están estupendamente interpretados por dos actores, merecedores de sendos premios en el Festival de Huelva: Paulina García y Claudio Rissi, con registros tan diferentes como complementarios. Ellos son la película. El tercer personaje es, el desierto -el título del film lo explica todo- que dio pie a esa leyenda de la milagrosa Difunta Correa. Imposible no acordarse, por tanto, de otro autor neorrealista, Roberto Rossellini, que hablaba del final de una relación en la obra maestra Te querré siempre (1954). En aquella, también, la posibilidad de un milagro lo cambiaba todo.