Terrores conocidos

La niña de la comunión, dirigida por Víctor García, es una película de terror muy efectiva que propone una sucesión de sustos para mantener al espectador entretenido. Lo consigue con creces. La cinta no intenta revolucionar el género y parte de planteamientos conocidos: un escenario rural, un grupo de adolescentes como protagonistas y una misteriosa maldición que se cruza en su camino. Nunca mejor dicho, porque la amenaza sobrenatural se activa a partir del avistamiento de la famosa leyenda de la chica de la curva. Sin embargo, el argumento no establece unas bases sólidas para su mitología -es una pena- y prefiere acumular elementos: apariciones, una inquietante muñeca, la comunión como evento que propicia el contacto con el más allá, la idea de una dimensión extraña en la que los personajes se ven atrapados -cercana al mundo de los sueños de Freddy Krueger o al más allá de la saga Insidious– y una revelación final -muy chula- que nos deja con más preguntas que respuestas.

Los sustos de la película tienen que ver más con el montaje o la puesta en escena que con la creación de una atmósfera inquietante y hay set pieces estupendas -la proyección de una película de comunión- aunque deudoras de James Wan. Hay que alabar el esfuerzo por construir unos personajes con los que nos podamos identificar, a los que se dedica bastante metraje, aunque el resultado no sea óptimo. La fórmula se redondea con una banda sonora que tiene un leitmotiv estupendo, y con una buena carga de nostalgia, con referencias a los años 80 -rasgo compartido con Verónica (2017)-. 

La niña de la comunión es una cinta simpática, aunque, con un punto más de riesgo y de rigor, podría haberse convertido en la sensación del año.