El fin del mundo

La crítica cinematográfica suele describir el cine del director japonés Kiyoshi KurosawaPulse (2001)- como apocalíptico, etiqueta que creo que se puede aplicar también a La mujer del espía. El escenario de la historia es Japón en los instantes previos a la Segunda Guerra Mundial. Los protagonistas, Satoko (Yû Aoi) y Yusaku Fukuhara (Issey Takahashi), son un matrimonio que vive al ‘estilo occidental’, algo que no gusta al régimen fascista cuya sombra se hace cada vez más alargada, acorralando a los personajes. Satoko es la mujer de un exitoso empresario, sobre el que recae la sospecha de la traición y del espionaje por parte del militar Yasuharu Tsumori (Masahiro Higashide), oscuro personaje unido a la pareja por un pasado común. Viejas rencillas salen a relucir y se convierten en terribles venganzas cuando un nuevo régimen llega al poder. Satoko, personaje complejo, sufrirá primero la duda, casi Hitchcockiana, sobre la verdadera lealtad de su marido, pero luego tomará decisiones que pueden resultar contradictoras para el espectador.

Kurosawa fabrica un drama con intriga que se va gestando muy lentamente, en el que sus intenciones como autor no estarán claras hasta un final contundente, que me ha hecho pensar que estaba ante una gran película. El director habla del poder -y de cómo aplasta al individuo- pero sobre todo nos muestra que el amor, el patriotismo, o incluso un intachable sentido de la justicia, no sirven de nada ante un destino inevitable, en un final que hace pensar en una frase de Cure (1997): “Señor Hanaoka, llorar no servirá de nada”. El tono apocalíptico del que he hablado al principio es patente en una historia enmarcada en el final de una época, de un Japón abocado a la locura de una guerra que todos sabemos cómo acabó.

Sin alardes, Kurosawa nos lleva de la mano hasta un desenlace tremendo. A destacar el juego que hace con la ficción: esa película dentro del film que anticipa lo que va a ocurrir en la historia, o ese siniestro metraje encontrado de los crímenes del gobierno japonés que demuestran que Kurosawa sigue teniendo un excelente pulso para el terror.