Más «tragedias» de plena actualidad, cortesía de la tecnoutopía neoliberal y Silicon Valley. Porque Capitán Swing acaba de publicar La muerte del artista, del prestigioso crítico y ensayista William Deresiewicz. Una obra sobre cómo los creadores se ganan la vida hoy, en la era digital. Una época en la que todo deberían ser facilidades y posibilidades dada la supuesta coalescencia entre inventiva y tecnología. Sin embargo, la inmensa mayoría aspiran a poco más que luchar por sobrevivir. 

Nacido en Englewood, New Jersey, 1964, Deresiewicz enseñó Inglés en Yale y Columbia antes de dedicarse por completo a la escritura en 2008. Prolífico tanto en la publicación de ensayos y reseñas, su trabajo, por el que ha obtenido premios como el Sydney, el Hiett en Humanidades, la Mención Balakian a la Excelencia en la Crítica, o tres nominaciones al Premio Nacional de Revistas, ha aparecido en publicaciones como The New York Times, The Atlantic, Harper’s Magazine o The American Scholar. Asimismo, es un frecuente orador en instituciones educativas y ha ocupado puestos de profesor visitante en las universidades de Bard, Scripps, Claremont McKenna o San Diego. Es autor del best-seller El rebaño excelente. Cómo superar las carencias de la educación universitaria de élite

Aparecido originalmente el año pasado, La muerte del artista es un ensayo sorprendentemente claro, siempre ágil y sin demasiadas florituras —rasgos bien reflejados en la traducción de Mercedes Vaquero Granados— para forjar contextos e hipotesis. Su subtítulo, Cómo los creadores luchan por sobrevivir en la era de los billonarios y la tecnología, quizás no resulte tan dramático como su cabecera. No obstante, deja poco lugar a la duda. Deresiewicz radiografía la situación en el terreno musical, el de la escritura y las artes visuales. Áreas en plena transformación por «lo digital». Un giro copernicano en el que todo el mundo puede acceder a los medios y expresar su creatividad… Y un panorama desolador. Por insostenible para el artista.

Deresiewicz, en su bien documentada exposición —ámbito norteamericano, eso sí— no se deja nada en el tintero. Aborda la galopante crisis del arte desde el discurso, la producción, la economía y la sociedad. Para empezar, desmonta los «mantras» surgidos de Palo Alto de acceso asequible a los recursos de producción, eliminación de barreras e intermediarios —además malvados, no como Youtube, Amazon o Spotify—, distribución y alcance inmediatos y universales. O ese otro, casi peor, que dice que Internet ha democratizado tanto el panorama que todo el mundo —si así lo desea y tiene acceso a banda ancha— es un artista. Pero, ¿qué sucede con los beneficios de la economía del arte si todo es más fácil y barato que nunca? 

Para el autor, la respuesta es evidente: éstos no devienen en los artistas, ahondado en un modelo de pobreza perenne. Uno puede argumentar que la historia siempre ha asociado las penurias económicas al creador. Artesano dependiente del mecenazgo en el Renacimiento. Orgulloso aspirante a vividor bohemio en el siglo XIX. Pero el adusto y entregado profesional del siglo XX ha dado paso a un virtuoso que jamás había tenido tanta competencia. Ya no es solo esclavo del mercado. Sino de las grandes tecnológicas, cuyo negocio se basa en la cantidad, pagar menos que lo mínimo, y los criminales «flujos» dictados por el algoritmo. Y de su propia marca, a promocionar constantemente. Y esa pelea por tu atención —y que no le olvides—, contra la piratería, por sus derechos de autor, por más likes y suscriptores… se dirime mientras trata de pagar el alquiler y llevarse algo a la boca.

Es más, La muerte del artista profundiza en lo que, a mi juicio, quizás sea el aspecto más importante de la cuestión. La era digital ha modificado radicalmente nuestra valoración sobre el arte. Un contenido prácticamente infinito y de módico precio significa su devaluación. En una sociedad tan mercantilizada, y a la vez tan acostumbrada ya no a lo gratis, sino a la versión do it yourself vía clic de ratón, cuesta mucho entender que detrás de cualquier expresión artística hay un trabajo y dedicación —mucho más, de hecho: todo un ecosistema—. Ya no digamos pagarlo… Una desmonetización que alimenta la dependencia exponencial a los «peces gordos» ya mencionados, avaros aspirantes al monopolio. Empresas en busca de lo viral o ya testado, no necesariamente lo valioso o culturalmente relevante. Un perverso y perfecto círculo vicioso. 

Desgraciadamente, La muerte del artista escasea en soluciones. No es exactamente un debe. Simplemente, las propuestas de Deresiewicz son de una envergadura tal que se asemejan a utopías. Enmendar la economía, no solo la del arte, sino en su totalidad, combatiendo la nueva concentración de la riqueza. Organizarse para defender los intereses comunes de los artistas. Revisar de cabo a rabo las leyes de derechos de autor. Pararle los pies a las grandes tecnológicas, exigiendo retribuciones más justas. Casi nada. Aunque en realidad, tenemos un papel que jugar —y ya lo sabíamos—. Responsabilizarnos como consumidores. Entender que rechazar usar Amazon, o cada disco, libro u entrada comprada son actos de apoyo hacia los artistas que tanto decimos apreciar. Convertirnos en valedores de la cultura.

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