La culpa fue del reguetón

En su segunda película, Pilar Palomero cambia el relato íntimo y autobiográfico, que se proyectaba en el retrato de la sociedad española de los años 90, que proponía en Las niñas (2020), por la crítica social. La maternal puede ser una película menos personal, ya no juega la baza de la nostalgia sentimental, pero creo que es un paso adelante, un film más sólido y riguroso. También es mucho más duro, ya que plantea realidades incómodas y no permite la identificación con sus personajes, como sí ocurría en la ópera prima de Palomero.

En La maternal nos encontramos con Carla, una adolescente que se queda embarazada y acaba en un centro de acogida. La película relata con dureza cómo Carla, que sigue siendo una niña, tiene que enfrentarse a la responsabilidad -no deseada- de tener un bebé en sus brazos. Para plantear el conflicto, Palomero nos presenta la vida de Carla en un pueblo pequeño; nos dice que su madre es una mujer inmadura, más pendiente de su novio que de su hija; nos muestra que su protagonista falta a clases, siempre está mirando sus redes sociales en la pantalla de su móvil y su única afición es practicar coreografías de música urbana. En resumidas cuentas, Carla está indefensa ante la vida y se expone a experiencias impropias de su edad: consume porno, alcohol y comete pequeños delitos. El retrato social es preciso, de veracidad estadística, quizás, un poco manido. Palomero nos muestra a Carla con todos sus defectos, rebelde ante su situación, pero finalmente, también consciente de ella. Cuando su madre le pregunta que qué quiere ser de mayor, Carla responde con ironía. Palomero no salva a su personaje ¿Qué futuro puede tener? pero sí ofrece alguna esperanza en un final abierto que apunta a que la vida sigue. 

La maternales contundente en la dureza de su denuncia de una situación social, que matiza con momentos de humanidad que son lo mejor de la película: el espejo en el que se mira Carla -una Carla Quílez de naturalidad pasmosa- es su madre (Ángela Cervantes), cuyos errores está condenada a repetir a pesar del cambio generacional -si Carla escucha reguetón, la madre es fan de Estopa– y a la que, tras dar a luz, consigue entender mucho mejor; también brillan los terribles testimonios de las madres adolescentes del centro de acogida y la sororidad que se ha forjado entre ellas; y ese último paseo en bicicleta de Carla por su pueblo, cuando la vida ya le ha pasado por encima, que nos muestra que la infancia se le ha escapado.