La maldición gitana, Harry Crews (Dirty Works, 2017)

A estas alturas, Harry Crews ya es casi como de la familia —aunque no creo que a mi madre la idea le hiciera demasiada ilusión, la verdad—. Así que la llegada de La maldición gitana, segunda novela publicada por nuestros «forajidos literarios» preferidos, Dirty Works, tras El amante de las cicatrices, y quinta obra del autor de Bacon, Georgia, en aparecer en nuestro país —nunca te lo agradeceremos lo suficiente, Javier Lucini— se recibe como la esperada visita de un peculiar pero querido viejo amigo. Un poco loco y peligroso, de acuerdo. Pero también entrañable, divertido a su manera cafre y, lo más importante. Un pedazo de escritor, siempre con una historia brutal y unos personajes extremos… en busca de mostrar algo de la vida y la verdad detrás de la mugre y la furia.

¿Y qué vamos a encontrarnos en La maldición gitana? Pues al Harry Crews por antonomasia, «nuestro» Harry, absolutamente reconocible… pero con todas sus virtudes sublimadas. Más certero que nunca, sabiendo ir a la yugular desde el primer toque de campana y no extendiéndose —la novela apenas alcanza las 200 páginas— ni una coma más de lo necesario. Usando la deformidad, lo grotesco, las pulsiones más bajas y la violencia como implacables recursos narrativos «marca de la casa», para hablarnos de obsesiones maníacas, dependencias traumáticas, relaciones enfermizas y familias disfuncionales. Vehiculando un relato tan duro y cáustico como compasivo, humano, con sus maltratados y, sin embargo, dignos personajes. Y sacándose de la manga una de sus mejores creaciones. Damas y caballeros, permitidme presentaros a Marvin Molar.

Abandonado —la nota MECANOGRAFIADA con la que el crío es encontrado es un microrrelato perfecto y demoledor— desde que era apenas un bebé, sordo, mudo, con unas piernecitas insensibles, «para que conste», de sólo siete centímetros y medio que mantiene adheridas a las nalgas con una cinta de nailon ya que anda con las manos. Que, en realidad, son su sustento, ya que Marvin se gana la vida ofreciendo espectáculos de equilibrio con ellas, siempre apoyado en esas «Columnas de Hércules» de cincuenta centímetros de circunferencia que son sus brazos. Si su existencia ya es per se peculiar, su «familia», reunida en el Fireman’s Gym de Al Molarski —su padre adoptivo— no le anda a la zaga. Al es un septuagenario otrora campeón de lucha de la Marina de Estados Unidos durante seis años, forzudo doblador de metales y que habla de sí mismo en tercera persona. Pete es otro anciano, ex boxeador y no demasiado en sus cabales —¿o quizá no tanto?—. Y Leroy es un joven aspirante a ganarse la vida con los guantes y más sonado que un votante del PP. Añádanse otros secundarios delirantes, como Russell «señor Mazas» Morgan y, definitivamente, nunca el dicho de que uno no elige a la familia ha cobrado mayor sentido…

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Falta el otro personaje, absolutamente fundamental, para completar el puzzle. Hester, una femme fatale de piernas irresistibles —nótese la parte del cuerpo escogida— en versión redneck, más inestable que el actual POTUS y menos de fiar que Eduardo Inda. Ella es la causante de la «maldición» —o, siendo menos sutiles, «encoñamiento»— que pesa sobre Marvin y el detonante hacia esa espiral de locura, violencia y autodestrucción de los habitantes del gimnasio de Al una vez que se vaya a vivir con ellos.

Con semejante caldo de cultivo, uno esperaría que Crews nos zambullera en una bacanal caricaturesca y esperpéntica, en la línea de los momentos más rocambolescos de Cuerpo y El amante de las cicatrices o el cine de John Waters. No es el caso. Sobre todo, gracias a la potencia del personaje de Marvin, lúcido aunque amargado —tiene motivos de sobra—, La maldición gitana es mucho más. Una suerte de grito primario de los marginados. Una especie de estertor orgulloso y violento, estéril, por supuesto, de unos seres arrinconados contra la pared en busca tanto de afecto como de una escapatoria —Hester y Marvin son dos kamikazes emocionales, Bonny y Clyde y Pimpinela pasados por el filtro de Tod Browning— ante un entorno asfixiante. Y, como bien dice Kiko Amat en el prólogo —Dirty Works añadiendo otro «sospechoso habitual» al catálogo—, aunque el desastre en ciernes se ve venir a la legua, la concisión, mordacidad y honestidad con la que Harry Crews nos lo muestra es asombrosa. Sus freaks estarán condenados, pero a los «normales» no les va mucho mejor…

Pocos hablan de heridas profundas, lacerantes —aquí hay celos, compañerismo, cegadora pulsión sexual, exclusión social, ego, falta de esperanza, amor propio, pura ira… casi nada— con tanta sinceridad y arrojo como el escritor sureño. Y aún menos sueltan las verdades, entre macabras carcajadas y escenas de ferocidad demencial —pobre Aristóteles— como Harry Crews. «Nuestro» Harry. No tardes mucho en volver por aquí. Te estaremos esperando.