La ley de Carter, Ted Lewis (Sajalín, 2018)

El primer Al Margen de la temporada cortesía de nuestra querida Sajalín nos devuelve a un viejo e inolvidable conocido. Me refiero, claro está, al icónico sicario Jack Carter, referente del noir y creación fundamental del escritor, publicista y dibujante británico Ted Lewis, que hará cosa de un año aparecía en las mejores librerías de nuestro país para impactarnos con su historia de implacable venganza en el plomizo noreste industrial de Reino Unido. Ahora volvemos a toparnos con él en La ley de Carter, precuela de la anterior novela, donde conoceremos de sus andanzas criminales en una nada glamurosa Londres. De las «chimeneas del infierno» a los bajos, muy bajos, fondos de «la City»…    

Publicada en 1974, cuatro años después del best-seller Carter —en buena parte debido a la película protagonizada por sir Michael Caine, que también repite en la indeleble cubierta de la novela de SajalínLa ley de Carter nos sitúa en unas Navidades a finales de los años 60, con una «bomba» de calamitosas consecuencias a punto de ser «detonada» para Jack Carter y sus jefes, los hermanos del sindicato del crimen Gerald y Les Fletcher. Uno de los suyos, Jimmy Swann, ha desaparecido, y todo parece indicar que su misteriosa ausencia es en realidad el inminente paso previo a consumar las sospechas de que se ha convertido en un informante de la extremadamente corrupta policía local. Un soplón con suficiente información privilegiada para garantizar que la «empresa» de los Fletcher se «vaya a pique» y sus principales responsables, Carter incluido, pasen el resto de sus días «a la sombra».   

Aunque el efecto sorpresa por fuerza se ve algo diluido al tratarse de una segunda novela sobre el mismo personaje, La ley de Carter vuelve a enganchar irremisiblemente al lector. Algunos motivos eran esperables a tenor del primer Carter. Nuevamente estamos ante una novela criminal descarnada, directa —no hay espacio para digresiones ni florituras— y rotunda, donde la combinación de tensión y lobreguez, ahora a costa del inframundo de la vida nocturna del Soho —desaconsejables salones de billar, timbas ilegales, sórdidos clubes de striptease y retorcidos apetitos sexuales desfilan ante nuestros ojos—, alcanzando cotas de inusual profundidad y dureza, el feroz reverso del Swinging London.

En cambio, otras razones son «genuinas» de esta segunda entrega. Y es que, aunque huelga decir que también repite nuestro brutal gentleman y su característica mezcla de gélido aplomo, puro England-made-me, con ese laconismo verbal siempre a punto para transformarse en afiladísima, despiadada, puya cada vez que abre la boca, el perfecto ejecutor aquí es, si cabe, un hijo de puta de incluso mayor envergadura. Sin la venganza de índole personal como fuerza motriz de sus pesquisas, en La Ley de Carter tenemos a un Jack en «modo supervivencia», algo más desquiciado, iracundo e hiperviolento, e incluso perdido —otro buen detalle de Lewis, además de necesitado de ayuda, su héroe es bastante falible— en esa contrarreloj en busca de Swann que va adquiriendo una dimensión cada vez más grave y suicida.    

Personalmente, echo en falta esa especie de poética sobre el gris mortificador de los cielos y la desazonadora urbanidad de Doncaster que salpicaba la narración de Carter, dotando a la narración de Ted Lewis de una extraordinaria mirada dentro del género, insinuando acaso que el mal nace de la pura, infructuosamente reprimida, desesperación. También encuentro que, pese a estar situada en Londres, digamos la «sede del crimen», el desarrollo de la novela resulta menos estimulante que su provincial antecesora en lo que se refiere a la procesión de mafiosos, soplones, familias y conocidos de —la confusión de inicio es inevitable—, cuyas rivalidades e intereses están condenadas a chocar. Como si Lewis hubiera decidido apostar sin ambages por la acción, escatimándonos algo del contexto en el que el hampa opera. En ese sentido, La Ley de Carter es todavía más cruda y sucinta. Todo «músculo»

Cuestiones menores y preferencias sobre el género negro aparte, lo que resulta indiscutible es que La ley de Carter posee una fuerza arrolladora, apoyada en la prosa cortante, lapidaria y siempre dinámica de Lewis —dinamismo en el que tiene mucho que ver la traducción de Damià Alou, otro feliz «repetidor»— una visión inclemente de la sociedad y sus pulsiones más viles, y que, por supuesto, llega concentrada en un personaje central apabullante. El segundo —o primero, tanto monta monta tanto, deberíais leer ambas— capítulo de las «correrías» criminales de Jack Carter confirma tanto la altura de su protagonista como la de su autor. Regreso sonado.