«¿Cuándo se jodió el Perú?» Es una pregunta dificilísima —aunque la penosa trayectoria de quien la concibió nos da una primera y significativa pista—. Una que asoma, tan irresoluble como esencial, por La lealtad de los caníbales, abrumadora y, a ratos, terrorífica novela coral de Diego Trelles Paz publicada por Anagrama. Un demoledor y panorámico fresco del país andino contemporáneo a través de un puñado de seres humanos gravemente dañados, cuyas chafeadas vidas se entrecruzan en una taberna. 

Limeño nacido en 1977 y afincado en París, Diego Trelles Paz se licenció en Cine y Periodismo en la universidad capitalina, doctorándose luego en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Texas. Ha sido profesor de literatura, cine, comunicaciones y estética en la Binghamton University de Nueva York, la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Universidad de Lima. Como autor, tiene en su haber los libros de relatos Hudson el redentor (2001) y Adormecer a los felices (2015), y el ensayo Detectives perdidos en la ciudad oscura (2017). No obstante, el mayor reconocimiento lo han generado sus novelas, El círculo de los escritores asesinos (2005), y sobre todo, su trilogía sobre la violencia política en Perú, compuesta por Bioy (2012), La procesión infinita (2017) y La lealtad de los caníbales

Trelles Paz nos lleva al centro de Lima, al bar del chino Tito, un granado, progresista y culto nikkei —peruano descendiente de inmigrantes japoneses— que aún cree en la cultura como motor de cambio —deja libros a sus trabajadores, los contrata si muestran alguna inquietud—. O, al menos, material para sobrellevar el desencanto ante una sociedad idiotizada por el móvil, en un país en perenne derrumbe. Su local es el ancla de la novela, a semejanza de La Colmena de Camilo José Cela —influencia reconocida por el autor—, ejerciendo de escenario principal donde confluye una fauna de lo más peculiar. Y, como reza el título, antropófaga…

Porque su autor nos invita a un aquelarre pavoroso —aún más considerando lo basado en hechos reales que está—. Un apocado camarero que ultima una venganza que nos retrotrae a los años de los escuadrones de la muerte. Una joven cocinera indecisa de su sexualidad. Policías ya no corruptos, sino directamente criminales. Un pederasta con sotana. Empresarios viles. Una enigmática mujer, marcada por la depresión y un terrible error del pasado. Otra, migrante colombiana, que huyó de la violencia y la adicción… para toparse con la misma medicina en Perú. Hasta un trol, fujimorista, procrastinador y acosador, que ansía escribir la novela patria coincidiendo con el Bicentenario… llamada La lealtad de los caníbales

Estamos ante un relato órfico mediante el desfile de seres trágicos y/o malvados —apenas se salvan un par—, cuyos caminos, al enlazarse, conforman un panorama del desastre. Mitad radiografía nada halagüeña de «una gonorrea de país». Mitad exploración de la condición humana expuesta constantemente a la violencia. Una brutalidad que nos habla de terrorismos, los de Sendero Luminoso y el Fujimorismo —añorado por muchos cuando la corrupta Keiko, hija del golpista, roza gobernar el país—. También de los abusos, policiales y eclesiásticos. Sin olvidar la ejercida a diario. Ya sea contra la mujer —continua, exasperante—, o simplemente al cruzar la calle a causa del tráfico demencial. Incluso tenemos la amenaza del seísmo definitivo que acabará con Lima. Las múltiples caras de la fractura peruana, acaso irreparable.

La lealtad de los caníbales es una lectura tan descarnada que resulta complicada de recomendar. No es para cualquier estómago —en las oficinas de turismo peruanas no va a estar, eso seguro—. La magnitud de los dramas y sus conexiones en la narración pueden restar verosimilitud al conjunto. Tampoco comulgo con la idea de que posea humor —esto no es grotesco estilo Valle-Inclán, sino pura, acongojante locura—. Sin embargo, la pegada de la novela, con una prosa eléctrica y un magnífico sentido del ritmo, es prodigiosa. Igual que la profundidad y alcance de su enfoque. 

Y es que el peligro de convertirse en una novela de denuncia, moralizante acechaba. Muy al contrario, Trelles Paz respeta a sus personajes, consiguiendo que estos acometan sus acciones —no pocas abominables— independientemente de las consideraciones personales del autor. Así, en La lealtad de los caníbales nos damos de bruces con bajísimas pulsiones, sordidez, miseria, confusión y extrema desesperación. La que empuja a situaciones límite, en donde surgen los devoradores y los que son devorados. Es un rotundo y poliédrico descenso a los infiernos, tan terrible como apasionante… porque desnuda a todo un país.

En La lealtad de los caníbales Trelles Paz ha captado un estado de ánimo que, además de retratar a un Perú en caída libre —el gobierno Boluarte y el Congreso son un bochorno cotidiano—, nos interpela ahora que Europa ansía guerrear y abrazar la «muerte a la inteligencia» de la ultraderecha. Me refiero a esa mezcla entre resignación, cinismo y «sálvese quien pueda» que en este Perú ficcional alcanza cotas insoportables de crueldad. Donde los lobos hobbesianos ganan por goleada. Imponiendo su relato. Abusando —especialmente si eres mujer— y aplastando a quien queda por debajo de su poder. Un mundo sin empatía, rebosante de monstruos, convertido en poderosa literatura.