Nunca fallan. La «cosecha Sajalín 2016», con las indispensables Glanbeigh y Cutter y Bone, ya era de por sí memorable. Pero antes de cerrar el año aún han tenido tiempo de añadir una nueva referencia de postín a su imbatible colección Al margen. Se trata de La escena de Clarence Cooper Jr., otro gran autor rescatado del olvido —una de las «marcas de la casa» por antonomasia de la editorial— que nos sumerge directamente en las fauces, cainitas y desoladoras, del mundo de la droga.  

Nacido en Detroit, Michigan, poco se sabe de Clarence Cooper. Fue editor en The Chicago Messenger, adicto a la heroína y estuvo en la cárcel. Escribió siete novelas, ambientadas en esas duras «coordenadas» que, parece, conoció tan bien, de las que únicamente La escena consiguió cierta repercusión. Y murió en Nueva York en 1978, solo y pobre de solemnidad. Con apenas 44 años. Una trayectoria vital que, mientras uno lee la novela, parece decirte, cuál titilante —y decadente— neón luminoso, «basado en hechos reales» o, directamente, ¿autobiográfico?…   

Porque si La escena te atrapa tan rápida y formidablemente es, principalmente, por la sensación de autenticidad que transmite y, eso —me temo— tiene mucho que ver con la propia experiencia de Cooper. El habla, deslenguada, promiscua, eléctrica, con su exuberante proliferación de jerga —atentos al diccionario comprimido de las páginas 79 y 80— de los bajos fondos, trasladada impecablemente al castellano por Guido Sender —toda una garantía—. Esos diálogos y soliloquios desesperados, enfermizos, de yonquis a punto de perder la cabeza por el siguiente chute o tapón. La afilada descripción de la «fauna» y el entorno que conforma el anónimo barrio de «la Escena», taciturna, envilecida, implacable, donde se desarrolla el libro. Todos ellos elementos que no se pueden impostar o inventar. La escena suena, respira y pega de verdad.  

En esas malas, terribles calles de clara mayoría afroamericana y extrema pobreza, Clarence Cooper Jr. urde una trama policial algo desmañada —las elipsis narrativas son considerables, y el desfile de personajes descoloca de buenas a primeras— en el que dos detectives de la Brigada de Estupefacientes, el veterano y agriado Mance Davis, el mayor experto sobre «la Escena» del cuerpo, junto al sufrido novato Virgil Patterson, buscarán desarticular el entramado criminal que lidera «el Hombre», el esquivo, misterioso jefazo que controla el tráfico y negocio de la heroína en la zona —y de paso descubrir quién es el verdadero «pez gordo» que está por encima de él—. Pero el thriller policiaco pronto se revela como claramente secundario para el autor. En realidad, es su argucia literaria para armar una poderosa y espídica novela sobre el submundo de la droga y la espiral de tragedias interminables que conlleva su adicción.

La clave reside en el título de la obra. «La Escena» es su verdadera protagonista, su absoluto personaje central. Que se contrae y expande a golpe de redada policial, pero, sobre todo, a voluntad de quienes «mueven los hilos» del suministro, los intocables capos del asunto. Que fagocita inmisericorde a yonquis, camellos, prostitutas, policías, familias, esperanzas y futuros. Que crea zombis, jerarquías y estructuras de poder tan férreas como quebradizas. Toxicómanos dispuestos a cualquier cosa para lograr el siguiente fije, así como otros no dudan en matar a un soplón para ascender y convertirse en camellos, en busca de dinero fácil, prestigio y autoridad —irrisorio por momentáneo y frágil, no obstante, indiscutible mientras dure—, además de acceso permanente a la droga. Pero que también provoca servidumbres maquiavélicas por parte de los en teoría «buenos», con esos policías proclives a usar la violencia, forzando a desgraciados, víctimas colaterales y «actores principales» caídos en desgracia, a transformarse en chivatos. O esa corrupción dentro del propio cuerpo, acechando permanentemente la investigación. «La Escena» es el reino de la «dama blanca». Una tirana despiadada que se nutre, siempre sedienta, de sus súbditos, la suma de las innumerables vidas que somete con «mano de hierro».

Así, pese a que la dupla Patterson-Davis, por un lado, y el explosivo yonqui-chulo-traficante Rudy Black, por el otro, podrían calificarse como los ejes principales del libro, Cooper quiere mostrarnos la totalidad de «la Escena», saltando sin tregua de sus personajes principales a multitud de secundarios, siguiéndoles en su patética búsqueda del siguiente pico. Convirtiéndonos en espectadores privilegiados de sus cavilaciones, auto engaños y mentiras por doquier, a cualquier precio —porque todo vale cuando solo importa sobrevivir y/o el próximo chute—. Y enseñándonos como la miseria llama a la miseria, el rostro más airado del racismo y el clasismo asomando sin tapujos, alimentándose sin mesura en el desastre. El resultado, aunque con forma de novela, es la radiografía vigorosa y espeluznante de un lugar devastado. Desbordando los límites del género negro, La escena es el retrato, certero y brutal, de un paisaje humano en demolición.