Se cierra el círculo. Tras cinco demoledoras novelas y la magnífica colección de relatos Huida del corredor de la muertereseñada en Indienauta—, nuestra querida editorial Sajalín ha completado este verano la publicación en nuestro país —gracias, siete veces gracias— de toda la obra de Edward Heward Bunker con La educación de un ladrón, su autobiografía. Eso es amigos, un último encuentro con el señor Azul. Con A20284. Con Bunk para los colegas del presidio y, ¡que diablos!, también para nosotros, sus devotos lectores. Un viaje literario tan criminal como siempre, pero a la vez el más reflexivo y personal.

Huelga decir que las expectativas eran muy altas. Pero admitamos también un cierto temor. A la falta de sorpresas, a toparnos con caminos demasiado familiares. O, como suele pasar con las memorias, a encontrarnos con una mirada condescendiente, demasiado glamurosa o parcial. Pero Bunker no iba a decepcionarnos ni, sobre todo, traicionar su integridad literaria e insobornable prosa. En La educación de un ladrón, publicada originalmente en 1999, seis años antes de su muerte a los 71, quien echa la vista atrás es alguien afortunadamente en las antípodas del precoz —escalofriantemente precoz— delincuente, un niño cuya infancia, adolescencia y primera parte de su edad adulta transcurrió entre fechorías en las calles, supervivencia entre familias de acogida, paso efímero por instituciones no demasiado aconsejables, y las frías y crueles rejas. Bunker relata su historia sin un atisbo de ira, tampoco de arrepentimiento, armándose tan sólo de su lacónica, pasmosa serenidad marca de la casa, y siempre con una honestidad brutal, terriblemente brutal, pese a lo desazonador de sus vivencias.

Y es que La educación de un ladrón es la historia de un mal bicho. Un cabronazo de los gordos, vamos. Indeseable carne de cañón ya desde la más tierna infancia, marcada tanto por la distante —eufemismo sideral— actitud de sus padres como por su indomable, inherente rebeldía. Academias militares, reformatorios, prisiones. ¿Fue el rechazo frontal a toda autoridad o, cómo él mismo se pregunta, es que “había algo malo en mí”? Bunker fustiga sin paliativos a todas estas “instituciones sociales” —con lucidez y diáfana claridad, como ya hiciera en la Fábrica de animales, va exponiendo cómo reformatorios y sistema penitenciario no tienen ningún interés en la reinserción—, pero en ningún caso son usadas como excusas. No, obviamente la mano que le dieron de inicio era horrenda, pero él no hizo demasiado por cambiar sus cartas. Al contrario, con obcecada testarudez jugó con ellas. Salvajemente, a toda pastilla, al menos durante buena parte de su vida. El plusmarquista de un más que dudoso honor. Ser el preso más joven —amargos dieciséis— que jamás acogiera San Quintín.

Una de las escasas excepciones a este relato “de un kamikaze” es también uno de los pasajes más absorbentes del libro. Me refiero a su relación con Louise Fazenda, esposa de Hal Wallis, afamado productor de la Warner en la edad dorada de Hollywood. Un todavía adolescente Bunker es adoptado casi como un hijo por “el ángel de Hollywood” y, bajo su protección, parece que mana un oasis de esperanza, la posibilidad de prosperar y quizás ser parte de un mundo, el del cine, apasionante y singular. Las anécdotas con las que Bunker trufa estos capítulos, especialmente la que tiene que ver con el moribundo, otrora uno de los hombres más poderosos del planeta, William Randolph Hearst y su castillo en San Luis Obispo, emparentan a nuestro malcarado autor con John Cheever —ese baño en la piscina es casi tan memorable como el de El nadador— y Scott Fitzgerald a la hora de retratar con voz maestra una América en declive, crepuscular. El último estertor, brillante y cegador, para un joven demasiado ansioso por descubrir la zona menos radiante de Los Ángeles, y destinado a la lúgubre oscuridad de la cárcel.

Pese a que la prisión y su ambiente es uno de los escenarios principales de la obra de Edward Bunker, La educación de un ladrón es capaz de sorprender en diversos fragmentos, como la extraordinaria, fascinante descripción de la prisión de Folsom —sí, la de Johnny Cash— que “despierta en silencio, sin toques de campana ni timbres”; el hiperviolento brote de las tensiones raciales en los 60 dentro de San Quintín, a imagen y semejanza de lo que sucedía fuera —si habéis leído el enorme relato Mía es la venganza dentro de Huida del corredor de la muerte os sonará muy familiar—; la peculiar ética carcelaria; el papel de las drogas y un sinfín de personajes, amigos y enemigos que gracias a la pluma de Bunker adquieren resonancias cuasi míticas.

Preso, fugado —otro capítulo que se lee con el alma en un puño—, enajenado, preso…. El joven Bunker parecía incapaz de encontrar otro camino que no fuera el crimen. Hasta que el gusano de la escritura se introdujo en su celda. La epifanía aparece entre las páginas 255-257. Pero no penséis en milagros o edulcorados instantes cruciales de películas subrayados, con brocha gorda, por la rimbombante música. A imitación de otro recluso, Caryl Chessman, una especie de celebridad en San Quintín, Bunker, hasta entonces lector voraz —nota mental: tengo que leer ya a Nelson Algren— se pregunta “¿por qué no yo?”. A base de constancia y dedicación, tras varios rechazos, le llegaría el sí editorial con la primera versión de No hay bestia tan feroz. Tras dieciocho años entre rejas, las puertas de San Quintín finalmente se abrieron. Pero también algo más importante. Las oportunidad de emprender un camino diferente. Un camino dedicado a la literatura.

Es una lástima que Bunker no nos brinde la biografía de sus últimas décadas ya en libertad —por favor, que aparezcan en un cajón olvidado, igual que lo hicieron sus relatos—. Irónicamente, Hollywood le dio una segunda oportunidad, ahora como guionista y actor, cimentando su estatus de autor —personaje, de hecho— de culto. Tan sólo un destello, en forma de breve epílogo, en el que el sesentón escritor, en paz con el mundo y padre de un niño de cinco años, apostilla “Los rasgos que me hicieron pelearme con el mundo son también los que me hicieron salir adelante”. Última frase colosal, cierre inmejorable de una autobiografía de una intensidad incomparable, y la mejor declaración de un enorme escritor hecho a sí mismo, uno capaz de volcar sus entrañas, su alma, detrás de cada palabra. Edward Bunker, maestro del lado oscuro que vivió para contárnoslo.