Disney + aterriza en España de la mano del estreno de La dama y el vagabundo, nuevo remake de un clásico en imagen real. Está claro que no estamos ante un peso pesado como Aladdin, pero la importancia de la película original variará según la memoria sentimental -y la generación- de cada uno. 

De entrada debo decir que no he apreciado ni una sola de estas recreaciones que está haciendo Disney de sus clásicos –DumboLa cenicienta, etc.- en mi opinión, demasiado fieles al film clásico. En esta película dirigida por  Charlie BeanLa Lego Ninja película y Tron: La resistencia– curiosamente con experiencia en el campo de la animación, lo primero que me llama la atención es que los perros son reales.

Esto es importante porque creo que aporta calidez al film, una cualidad de la que carecen -en mi opinión- las frías imágenes digitales de las dos películas dirigidas por Jon FavreauEl libro de la selva y El rey león-. Y muy importante, al menos mis hijos se han quedado pegados a la pantalla de la tele que mostraba a esos perros reales corriendo y saltando, perseguidos por el malvado perrero (Adrian Martínez).

A favor de esta adaptación de la que debe ser la historia más romántica de Disney -recordemos la imagen icónica de los dos perros comiendo pasta- está un diseño de producción precioso, que recrea los primeros años del siglo XX, con coches y edificios de la época. Un detalle curioso es el ‘blanqueo’ histórico: en la película vemos numerosos afroamericanos y la pareja protagonista es interracial –Thomas Mann y Kiersey Clemons– en una época en la que el racismo no permitiría semejante integración.

En contra, mencionemos los efectos digitales utilizados para hacer hablar a los perros -con las voces de Tessa Thompson y Justin Theroux– que no consiguen, ni de lejos, la expresividad de los genios de la animación tradicional que trabajaron en el clásico de 1955. Pero las comparaciones son odiosas. La dama y el vagabundo es un eficaz producto para toda la familia, diseñado para entretener, para no ofender, que posiblemente será borrado en poco tiempo por la memoria del espectador.