Baltimore 20 años después

Que la ficción puede ser la mejor forma de entender la realidad lo demuestra, de nuevo, La ciudad es nuestra, una de las mejores series del año, disponible en HBO Max. Creada por David Simon y George Pelecanos, esta producción de -solo- seis episodios parece un apéndice de la mejor serie de todos los tiempos, The Wire (2002-2008), que conseguía el hito de radiografiar en cinco temporadas el funcionamiento de una ciudad, Baltimore, que servía como modelo del estado de las cosas en la sociedad de Estados Unidos de entonces. Como si se tratase de una nueva Comedia Humana, The Wire describía con precisión periodística el submundo del crimen, para luego ocuparse de las fuerzas del orden y más tarde pasar a hablar de la educación, la política y el periodismo. Todo eso consiguiendo, al mismo tiempo, narrar una historia subyugante y crear personajes inolvidables.

Semejante hazaña es difícil de repetir, y La ciudad es nuestra no aspira a hacerlo. Pero esa visión realista -y humanista- del periodista David Simon es la misma que en The Wire: asistimos a la crónica de unos hechos reales, aquí la formación de una unidad especializada en armas y drogas de la policía de Baltimore, cuya corrupción y prácticas irregulares propiciará una investigación del FBI. Estos hechos están contados de forma verista y desdramatizada, casi de forma documental: la puesta en escena es funcional, la fotografía es más plana que expresiva, y puede parecer incluso que nos encontramos ante actores algo hieráticos. Pero todo esto, que nos acerca al realismo, no quiere decir que la serie no utilice los mecanismos de la ficción y la construcción de personajes -sobre todo en cuanto a guión y montaje- para contar una historia con una idea detrás. Seguramente podríamos leer artículos periodísticos y ver las noticias de la época para enterarnos de los hechos ocurridos en Baltimore a principios de este siglo XXI que aparecen reflejados en la serie, pero la ficción permite a Simon y a Pelecanos construir un discurso que penetra más allá de los hechos y busca las causas del problema.

En La ciudad es nuestra se parte del retrato de los personajes -los miembros de la unidad especializada y los funcionarios encargados de la investigación- para luego ampliar la mirada y mostrar las relaciones entre ellos y cómo funcionan en un sistema que dos agentes del FBI -Erika Jennsen (Dagmara Dominczyk) y John Sieracki (Don Harvey)- y una joven abogada -Nicole Steele (Wunmi Mosaku)- investigan con creciente sorpresa. Es una de las cosas más interesantes de la serie, el uso que se hace de estos personajes secundarios -que no son héroes, simplemente hacen su trabajo- que funcionan como punto de vista del relato y espejo del espectador que descubre la historia. Estos investigadores externos son también la mirada periodística, que desde fuera penetra en una situación o institución para descubrir cómo funciona realmente. Con el estupor con el que los agentes del FBI o la abogada van recabando testimonios y descubriendo las irregularidades del departamento de policía de Baltimore nos podemos identificar todos. Son las vergüenzas de cualquier trabajo o incluso, de cualquier familia, que nadie quiere que se hagan públicas, llevadas al extremo. Más humano, imposible.

Para terminar, me gustaría destacar cómo el desenlace desdramatiza los hechos que acabamos de ver: con el relato de cómo acaban los personajes de esta miniserie no se acaba el ‘problema’. La vida sigue. El departamento de policía de Baltimore continuará funcionando y seguirá teniendo los mismos defectos -y quizás otros nuevos- con diferentes personas ocupando los cargos. Esta desdramatización me llama la atención ya que el gran hallazgo de La ciudad es nuestra es el personaje del sargento Wayne Jenkins, soberbiamente interpretado por Jon Bernthal, caracterizado de forma excesiva y expansiva, con una conducta reprobable, pero con un carisma tremendo, que se gana nuestra compasión a pesar de sus múltiples defectos -corrupción, machismo, brutalidad- de los que no parece ser consciente. Un héroe digno de una tragedia griega, protagonizando un drama realista y social basado en hechos reales. Increíble.