Algo cambió cuando George Lazenby miró a cámara y dijo “Esto no le pasaba al otro”, en 007 al servicio de su majestad (1969). Esa ruptura de la cuarta pared en boca del actor que reemplazaba al mítico Sean Connery, daba pie a un nuevo James Bond autoconsciente de su status como arquetipo de la cultura popular. Más tarde, Roger Moore -el mejor para mí- inyectó ironía y distancia al espía, que se vería envuelto en aventuras cada vez más fantásticas. Tras la crudeza de los dos estupendos films de Timothy Dalton, Pierce Brosnan continuó esa tendencia fantasiosa enfrentándose a hombres de escarcha en palacios de hielo. Hasta que apareció Jason Bourne. Su éxito contaminó de realismo el reboot de Casino Royale (2006), que tomó prestada su cámara epiléptica y eliminó todo lo que olía a ciencia ficción. En este contexto nacía la lúdica Kingsman: Servicio secreto (2014) que con humor postmoderno se proponía recuperar el espíritu pop y pulp de las viejas películas de espías, como dejaba claro el tarantiniano Samuel L. Jackson, villano de la función. Tres años más tarde nos llega la secuela.

Kingsman: el círculo de oro son dos horas y veinte minutos de pura diversión. Matthew Vaughn y su guionista habitual, Jane Goldman, fabrican una secuela que prolonga el espíritu de la anterior y recupera sus mejores elementos. Frenéticas persecuciones de coches aderezadas con temas pop –el Let´s Go Crazy de Prince-; peleas a cámara lenta en plano secuencia; gadgets imposibles -un lazo láser-; alguna gamberrada -el lugar en el que el protagonista debe esconder un transmisor para seguir a una sospechosa- y el cameo de un famoso, nada menos que un impagable Sir Elton John. Todos estos elementos funcionan a la perfección en un guión muy currado para divertir, repleto de ideas y sorpresas. Hay que decir que el humor se ha potenciado mucho, quizás para compensar la pérdida de frescura que sufre cualquier secuela. En el mismo sentido, hay menos escenas de acción, y estas son bastante continuistas con respecto al film original, del que se recuperan las secuencias más recordadas.

Si una película de James Bond depende en gran medida de su antagonista, aquí destaca una Julianne Moore tan guapa como graciosa, convertida en una supervillana imposible, cuyo objetivo es la legalización mundial de las drogas. En serio. Para ayudarla, vuelve un viejo conocido, Charlie (Edward Holcroft), en el que recae un rol similar al del recordado Tiburón (Richard Kiel) de las películas de James Bond de Roger Moore: el esbirro físicamente poderoso armado con una prótesis de ciencia ficción. Para enfrentarse a los malos vuelve Eggsy (Taron Egerton) y Merlin -el estupendo Mark Strong– pero también aparecen una serie de personajes nuevos, una agencia de espionaje estadounidense que cumple todos los clichés del americano entendido como un cowboy. Estos están interpretados por un reparto de lujo, formado por Jeff Bridges, Channing Tatum, Halle Berry y un Pedro Pascal salido de Narcos que aquí se enfrenta, de nuevo, al narcotráfico. La única queja posible es la pérdida del componente emocional que aportaba la progresión del protagonista en la primera entrega: Eggsy era un delincuente juvenil, sin futuro, que consigue colarse entre los ricos como elegante agente secreto, capaz de salvar el mundo y a su madre. La lucha de clases sigue estando presente aquí -es de agradecer- pero el único personaje que evoluciona ahora es el recuperado Harry Hart, que vuelve a interpretar un convincente Colin Firth. Por cierto, os recomiendo ver esta película en versión original: es increíble lo que puede hacer este señor con su voz.