Un tipo peculiar, Josh T. Pearson. Fue muy capaz de desaparecer del ojo público durante una década entera después de haber estado a un paso de convertirse en un referente generacional de finales de los noventa (su único disco con la banda Lift to Experience, a pesar de lo enrevesado de su temática apocalíptica, cósmica y religiosa, bien pudo convertirle en el perfecto repuesto al recién desaparecido Jeff Buckley). Después le recuperamos como barbudo ermitaño cronista de los corazones desolados en su primera obra en solitario, la maravillosamente árida The Last of the Country Gentlemen; y siete años después, cuando pensábamos haberle perdido de nuevo, aquí le tenemos con una nueva imagen mucho más pulcra y con una colección de canciones que, a su manera, nos muestra su lado más accesible y feliz, su versión de lo que podríamos llamar pop, creado y grabado con una rapidez inusitada para alguien que hasta ahora se había dejado carcomer por su perfeccionismo.

Para llegar a esta destilación, Pearson tuvo que ponerse ciertas cortapisas en forma de normas compositivas: 1) todas las canciones tienen que tener estrofa, estribillo y puente; 2) la letra no puede exceder las 16 líneas; 3) todas tienen que tener la palabra “straight” (directo, al grano) en el título; 4) el título tiene que tener cuatro palabras o menos; y 5) la canción manda sobre cualquier otro capricho.

Por supuesto que esos voluntariosos pilares no eran garantía de que Pearson entregase un disco del montón. Lo que nos llega es una obra efectivamente más tarareable, donde incluso se incluyen momentos de euforia punk hecha para ser coreada con el puño en alto (Give it to me straight) o piezas que habrían podido compartir sitio en las listas de éxitos con las de Bruce Springsteen en la época de Born in the U.S.A. (Straight at me); pero al mismo tiempo encontramos momentos más delicados como las casi acústicas Damn Straight y The Dire Straights of Love (esta última con unos deliciosos coros de doo-woop) e incluso un recordatorio de los momentos más ruidosos y caóticos de Lift to Experience (Loved Straight to Hell).

Pero si hay algo que engrandece el disco y que nos confirma que estamos ante un talento fuera de lo común, esa es A Love Song (Set Me Straight); un medio tiempo que se acaba convirtiendo en un auténtico tour de force emocional a base de un crescendo constante que estalla en un verdadero éxtasis. Ya solo por eso, merece la pena zambullirse en este disco (que tiene más chicha de la que aparenta) y desear que de una vez por todas Pearson deje de ser tan evasivo y decida empezar a construir una carrera musical más o menos coherente.