Jimmy Sullivan, Ian Cross (Automática, 2016)

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¿Un clásico neozelandés del s.XX? ¿Y publicado por Automática? ¿Cómo iba uno a perdérselo? Jimmy Sullivan, la novela más conocida del escritor y periodista Ian Cross viene a subsanar —mínimamente claro, necesitamos más, mucho más— ese flagrante desconocimiento de la producción literaria de nuestras Antípodas en nuestro país. Sin embargo, hay que reconocer que no las tenía todas precisamente conmigo al tener el libro en mis manos. Porque estamos ante una «novela de iniciación» —miedo—, con un niño como protagonista —pavor— que, además, es el narrador en primera persona —el horror, el horror—. Afortunadamente, empecé a leer…

Publicada en 1957 como The God Boy —lo que vendría a ser El niño de Dios, horrible y desfasado título hoy en día, pero sumamente revelador—, esta es la historia del joven Jimmy Sullivan, que a sus trece años nos cuenta cómo ha llegado hasta el orfanato en el que actualmente se encuentra. Un relato muy singular, el de la mirada atrás de un joven a su recién dejada infancia y especialmente a los acontecimientos acaecidos en Raggleton, la pequeña ciudad costera donde vivía con sus padres hasta hace tan solo un par de años. Hasta que todo cambió.

Cross crea un personaje memorable con Jimmy. Un chaval sensible, intuitivo, inocente, que se presenta ante el lector, desde su demoledor arranque, como alguien más curtido y duro —«Pueden pensar que me importa, y así fue durante una temporada, pero ya no»—, de lo que en realidad es. Por mucho que lo intente, es incapaz de disimular lo mucho que ha sufrido y lo afectado que, lógicamente, aún está. Intentar entender lo sucedido no deja de martirizarlo, volviendo a sus recuerdos de forma recurrente. ¿Entiende realmente por qué su familia se desintegró? ¿Debería? A medida que el drama se va revelando, irreversible pero mostrado a trompicones, propios de un crío que pretende explicarnos algo tan confuso, oscuro y terrible para que pueda comprenderlo en toda su complejidad y gravedad, disfrutamos también de una voz genuina, y que gracias a la impecable traducción de Lucía Barahona, no nos escatima los modismos propios de un chaval de esa edad. El resultado es que el dolor que siente Jimmy es absolutamente verosímil y conmovedor para el lector. Padecemos con y por él.

Jimmy Sullivan es el relato de una «tragedia doméstica», algo que hace casi 60 años probablemente no estaba «tan en boga» como hoy en día, pero contado desde la perspectiva del «eslabón familiar» más débil. Gracias a ello, Ian Cross logra desplazar el foco de la esperable violencia hacia algo menos evidente: el calvario íntimo de nuestro protagonista, que no tiene a quien acudir —o no se atreve a compartir con sus escasos amigos, responsables de su escuela religiosa, o su ausente hermana mayor que estaba en un internado—, invitándonos a entrar en una espiral de incertidumbre, dudas, culpa —su más que peculiar «relación» con Dios, quizás los pasajes más enmarañados y menos estimulantes del relato—, soledad, y brotes inesperados de rabia con su reducido entorno. La tensión permanente y las vehementes explosiones de furia en su hogar aturden y colapsan al pequeño, que fabula, miente e imagina realidades diferentes a ese desmoronamiento que no puede asimilar. Y cuando la cuerda se rompe, la caída es irreversible. Sin caer en el sentimentalismo o en los subrayados innecesarios —además la novela es breve y compacta, su autor no necesita extenderse o recrearse en los acontecimientos o detalles, lo que se agradece—, Ian Cross consigue golpearnos de esa manera que sólo la buena literatura logra. Tocando, removiendo algo bastante profundo «ahí dentro» del lector.