El instante más oscuro es de esas películas que parecen haberse rodado únicamente para la temporada de premios. Ya ha ganado -justificadamente- el Globo de Oro para Gary Oldman, quien, como sabéis, se transforma completamente en Winston Churchill. Es este, sin duda, el principal valor de la película: un maquillaje perfecto y el mérito de Oldman de interpretar a través de la gruesa capa de látex para, efectivamente, convertirse en el histórico primer ministro británico.

La película -escrita por Anthony McCarten, autor del texto de otro film premiable, La teoría del todo (2014)- narra el momento en el que Churchill llega a Downing Street y los problemas que tiene que afrontar: la amenaza de Hitler en Europa, además de la desconfianza de sus colegas políticos y del rey, Jorge VI (Ben Mendelsohn). La figura de Churchill se describe como excéntrica, con una gran habilidad oratoria, pero de decisiones arriesgadas y cuestionables. Eso sí, es presentado como el único que, en aquel momento histórico, 1940, vio claramente la amenaza de los nazis y la necesidad de combatirla. Todo esto se narra de forma impecable, con un guión tan redondo como predecible, marcado por los discursos de Churchill que deben emocionarnos. El diseño de producción, los decorados, el vestuario, la recreación de la época, son simplemente soberbios. Pero todo es tan funcional, tan bienintencionado, que no emociona. Le falta garra a la dirección de Joe WrightOrgullo y prejuicio (2005)- cuya elegante cámara resulta narrativamente eficaz, pero poco comprometida. Tampoco ayuda a insuflar vida al conjunto un reparto de secundarios con poco margen de lucimiento: Lily James es la joven ayudante que llega de nuevas y nos introduce en la figura de Churchill; Kristin Scott Thomas es la mujer del primer ministro, que está ahí para humanizarle. Pero el rol de ambas es tan limitado, que apenas aportan. No hay, además, un antagonista de peso para enfrentarse a Churchill, que debe superar, más bien, sus propias inseguridades.

El instante más oscuro brilla en muchos aspectos, no tiene defectos apreciables, pero la suma de sus partes es sensiblemente peor que el conjunto. Su posible mensaje es, quizás, cuestionable: que el mundo en el que vivimos se decidió en momentos cruciales que podrían haberlo cambiado todo y que una sola persona puede modificar el curso de la historia. Una curiosidad, lo que nos cuentan aquí coincide históricamente con lo relatado en Dunkerque de Christopher Nolan, y resulta interesante cómo el mismo hecho se narra desde dos perspectivas completamente diferentes: aquí desde los despachos de los políticos y en escenas repletas de diálogo; en la de Nolan desde la arena de la playa del norte de Francia y metiéndonos en la piel de los soldados que esperaban ser rescatados.