Edward Bunker. Relatos. Inéditos. Cuatro palabras que en mundo normal, que de verdad amase las letras, deberían significar celebración, algarabía y compra inmediata, a las que, en nuestra “versión española”, deberíamos añadir una quinta, Sajalín, sinónimo de constante buen hacer literario. Huida del corredor de la muerte es una soberbia colección de seis relatos —la única pega que le encuentro, solo seis—, encontrados, junto a la novela Stark, entre el material que el escritor angelino dejó sin publicar tras su fallecimiento en 2005.

Para quién aún no conozca al Señor Azul, resumimos brevemente su historia. Tras el divorcio de sus padres, Bunker fue un niño brillante pero conflictivo, pasando su infancia entre hogares infantiles, escuelas militares y correccionales. A los dieciséis, era el preso más joven de San Quintín. Cumplió dieciocho años de condena por varios delitos, entre ellos el robo de bancos, narcotráfico, extorsión, robo a mano armada y falsificación. Pero además de la idas y venidas a prisión propias de un criminal reincidente, también surgió un poderoso escritor, guionista y actor ocasional, que en 1975 abandonó la vida entre rejas para siempre. Su primer novela, No hay bestia tan feroz, fue llevada al cine en 1978 bajo el título de Libertad condicional, con Dustin Hoffman en el papel protagonista. También le ocurrió lo mismo a Animal Factory, llevada al cine por Steve Buscemi en 2000. Fue candidato al Oscar al mejor guión por El tren del infierno en 1985, asesor técnico de Heat, dirigida por Michael Mann en 1995. Y como actor, su papel más célebre es el del Señor Azul en Reservoir Dogs de Quentin Tarantino en 1992. Un autor de culto, que desborda con mucho los límites de la novela negra o el género criminal.

Y es que con Bunker no hay sorpresas. Las seis historias de Huida del corredor de la muerte nos devuelven a su universo criminal y carcelario, donde nadie se maneja con tanta soltura. precisión y conocimiento de causa. La prosa milimétrica, donde nada superfluo tiene cabida, incluidos los artificios o los juegos emocionales para enganchar burdamente al lector. El control absoluto del ritmo y los tempos de las historias. Los diálogos hiperrealistas, respondiendo cual frío escalpelo a la naturaleza de los protagonistas: desapasionados para los resignados a deambular por ese cementerio viviente que es San Quintín, iracundos para quienes intentan canalizar su frustración o su sed de venganza con la violencia, chulescos para los que tienen miedo a mostrar su vulnerabilidad. La fuerza de relatos que no tienen miramientos con el lector. Te atrapan sin remisión. Te introducen en un submundo donde el tiempo siempre corre en contra de los personajes. Te dejan sin aliento, y de repente te cogen por las solapas y te estampan contra la pared. La mitad de esta sucinta antología —las tres narraciones más largas— es extraordinaria y, para quien escribe —acérrimo defensor del cuento y la forma breve— se encuentra por derecho propio entre lo mejor de Edward Bunker. Lo sé, palabras mayores.

El libro se abre con La justicia de los Los Ángeles, 1927, el texto más largo de la colección y uno de los más sobrecogedores, donde Bunker también denuncia, más bien dispara a bocajarro contra un sistema infame donde el racismo impera a sus anchas y que condena al joven de color Booker Johnson a un terrible destino, ante el que la venganza, condenada a la derrota de antemano, parece la única salida.

Mucho más breve y reflexivo, le sigue Entra en la Casa de Drácula —el hogar de los vampiros es San Quintín, claro— donde nos reencontramos con un viejo conocido, Troy Cameron, protagonista de la novela Perro come Perro, en sus últimos días antes de que su condena sea ejecutada: la cámara de gas. En cambio, en el portentoso Mía es la venganza, Bunker combina con maestría una historia repleta de violencia, donde no hay buenos ni malos, sino horribles y peores, con el clima político de la época. Panteras negras, medios de comunicación, tensiones sociales. La lucha de Eddie Johnson es una bomba de relojería preparada para estallar.

Menor en comparación con el resto, pero también crudo y brutal es Muerte de un soplón, donde Clemens y Buford dan rienda suelta a su impulsiva e irracional compulsión de sangre que solo les puede llevar a la auto destrucción. Mucho más elaborado y tercera joya del volumen es, sin embargo, el relato que da título a la compilación, donde a través de los ojos de Roger, probablemente el personaje más sensato e inteligente de todos los presos que pululan por la prisión, vemos cómo se gesta un desesperado intento de fuga. La contraposición entre el orden carcelario y el caos de la rebelión, entre los diversos ethos y actitudes de los criminales ante el mínimo e improbable resquicio de libertad es apabullante. Las últimas páginas se devoran sin ni siquiera tener tiempo para respirar.

Cierra La vida por delante, el más reflexivo y psicológico de los relatos recopilados, donde Bunker pone en boca de su jovencísimo protagonista Max, en el trayecto a la ciudad de los condenados, palabras tan reveladoras como desasosegantes sobre las razones que motivan el crimen: “El subidón de adrenalina al acabar un robo con éxito era mejor que el sexo. Mejor que las drogas. Mejor que cualquier cosa que había sentido nunca”. La apostilla final es de traca: “No cometas el crimen si no puedes cumplir la condena, le habían dicho. Max estaba preparado para las dos cosas”. Haceros un favor y leed a Bunker. Leed a un maestro.