Hoy, lectura musical made in Contra —es decir, un libro definitivo—. Se trata de Hotel California. Cantautores y vaqueros cocainómanos en Laurel Canyon, 1967-1976, del periodista y escritor británico Barney Hoskyns. Una crónica alucinada y purgante de una época asociada al hedonismo, los espíritus libres y el country-folk/rock en la Costa Oeste, pero en realidad repleta de contradicciones, miserias, traumas y adicciones… O, como cantaba Albert Hammond —papá del de los Strokes— en la celebérrima «It never rains in Southern California»: 

Seems it never rains in Southern California
Seems I’ve often heard that kind of talk before
It never rains in California
But girl, don’t they warn ya?
It pours, man, it pours

Barney Hoskyns es un musicólogo de vastísima trayectoria. Como articulista, empezó en NME en 1980, luego colaborando en The New Statesmen, Vogue, y ejerciendo de corresponsal de Mojo en Estados Unidos. Posteriormente, ha escrito para The Guardian, Uncut, Spin, Rolling Stone o GQ, entre una infinidad de medios. Además, es el cofundador y director editorial de Rock’s Backpages, un archivo virtual de periodismo musical con más de cuarenta mil artículos de 1950 hasta hoy. Como autor, junto a este Hotel California, publicado originalmente en 2006, tiene obras sobre country-soul, glam-rock, Prince, Tom Waits, Led Zeppelin o Woodstock. 

Hotel Califonia es abrumador en su exhaustividad. Neil Young, James Taylor, Joni Mitchell, The Byrds, Graham Nash, David Crosby, Linda Ronstadt, Frank Zappa, Stephen Stills, Jackson Browne, Randy Newman, Carole King, Laura Nyro, Charles Manson, Dennis Hopper o Phil Ochs, entre muchísimos otros, desfilan por sus 400 páginas. Hoskyns combina la voluntad enciclopédica con un relato ágil —bien reflejado en la traducción de Elvira Asensi—, que salta de artistas, grupos, discos, tendencias y hechos relevantes con primorosa celeridad, apoyándose en declaraciones de los propios protagonistas. El resultado es un libro que transmite cierta sensación de —falsa— confusión, pero siempre fascinante y vivo. 

Precisamente, esa misma vorágine narrativa le sienta como un guante al caos lisérgico de la década resumida en el volumen. Y es que, incluso por encima de la radiografía de los años de dominio y evolución del country folk-rock gestado en el área de Los Ángeles, Hotel California ofrece un retrato aterrador del lado oscuro de «la era hippie». Uno en el que muchos de sus rostros más icónicos y celebrados, los cantautores y grupos imprescindibles, se vieron engullidos por una ola generacional imparable. Esa es, a mi juicio, la novedad, y el valioso riesgo bien asumido de Hoskyns. Ir más allá de los acontecimientos musicales —o el morbo sexo-drogas-rock’n’roll—, para tratar, a través de sus artistas, la cultura californiana y su incandescente leyenda.   

En ese sentido, uno de los aspectos más destacables de Hotel California es la muestra del contraste extremo entre una época teóricamente gloriosa, cultural y sociopolíticamente hablando, y la brutal pendiente de adicciones, «corazones rotos» y fatalidad que asolaron a sus estrellas. No hay una historia feliz en este gran relato polimorfo. Sino un mosaico de personalidades, ambiciones y egos que crearon una escena de lo más improbable y frágil mientras atravesaban una senda increíblemente tortuosa, cuando no enajenada. De hecho, lo relevante no es el gran legado de clásicos dejado, puro canon americano y universal. Sino que, pese a que algunos —si se me permite, de los mejores, caso de Gram Parsons, Mama Cass o Judee Sill— se quedaron por el camino, la mayoría sobrevivieron para contarlo. 

Además, en Hotel California, Hoskyns también entra a fondo —y con bastantes ganas, añadiría, a David Geffen solo le falta votar a Vox para ser un villano perfecto— en la industria musical y sus magnates. La de las discográficas Asylum, Reprise o Warner es una subtrama poderosa y reveladora, nuevamente de egos y ambiciones colosales. Igualmente la de los vaivenes estilísticos y la comercialidad —del genio de Gene Clark a The Eagles media un sonrojante abismo—. Y, unida a las incursiones en las salas de conciertos ahora míticos como el Troubadour, el cine, el show business, o los singulares «ecosistemas», geográficos y humanos, de Laurel y Topanga Canyon, conforman una obra capital, de enfoque sorprendentemente amplio. 

En definitiva, Hotel California es una lectura apasionante. No sencilla, ya que la escena fue tan endogámica y convulsa, y Barney Hoskyns es tan concienzudo que, a veces, resulta agotadora —y no me refiero a las peleas constantes de CSNY, qué pelmazos—. Pero es tan completa y elocuente, sin miedo a mostrar el reverso deprimente de artistas totémicos, cuasi intocables, dejando un regusto bastante amargo acerca de una época tan glorificada, que la conclusión es sencilla: es un libro imprescindible. Lejos del cliché, mucho más cerca de la enjundia eléctrica del «Hey Hey, My My (Into the Black)» de Young & la Crazy Horse que de la infumable «New kid in town».

Hey, hey, my, my
Rock and roll can never die
There’s more to the picture
Than meets the eye
Hey, hey, my, my