Host pasa por ser la película de terror sorpresa de este 2020. Se trata de un film muy efectivo, que de forma muy inteligente se aprovecha de la situación que hemos vivido este año durante la pandemia. Una delirante sesión espiritista a través de videoconferencia, en la que todos los participantes están confinados en sus casas -como lo estuvieron los actores en el rodaje- es el giro que propone este film dirigido por Rob Savage con respecto a la clásica historia de fantasmas. Obviamente, la película ofrece una buena ración de sustos, de todo tipo, en sus reducidos 55 minutos de duración. Esta es otra buena idea: el mediometraje dura lo que dura una sesión gratuita en Zoom. El film está diseñado para ser visto en la pantalla del ordenador, para ser consumido por la generación millennial, y su éxito le ha servido para dar el salto a las salas de cine. Dicho esto, creo que la concentrada duración juega en contra: los sustos y las apariciones en este subgénero del terror se benefician de la expectativa, de la atmósfera, de la espera a que algo ocurra y eso aquí no existe. Lo que quizás es un efecto buscado para satisfacer a unos espectadores habituados a memes y vídeos de corta duración en Tik Tok. 

Host funciona como un estupendo comentario sobre el lenguaje propio de la comunicación a través de las redes y creo que ahí están sus mejores ideas: cuando explora elementos como los filtros o los fondos de las videollamadas que permiten que el mismo personaje aparezca dos veces en plano, provocando un efecto fantasmagórico -esto ocurre también cuando una de las chicas se conecta al mismo tiempo a través del ordenador y del móvil, creando una extraña duplicidad-; por no hablar de los cortes, lags o las desconexiones. Pero estos hallazgos visuales se quedan en la superficie: Host es una puesta al día de El proyecto de la bruja de Blair (1999), deudora también de Paranormal Activity (2007), y es el enésimo found footage, que sigue sin encontrar una excusa contundente para que los aterrorizados protagonistas sigan grabando. Por último, echo de menos una historia: la película no elabora ninguna mitología, no explica más que someramente el origen de los sustos y lo hace de una forma muy general, por lo que estamos ante mecánicas apariciones de rostros terroríficos, pero sin contenido, como la inquietante máscara que aparece flotando, sin nada detrás.