¿Harper Lee? ¿Otro libro suyo —o, al menos, intento— perdido? Cualquier obra que verse sobre la autora de Matar a un ruiseñor me interesa, más aún si quien publica es Libros del K.O. —no solo toda una garantía, sino también editorial de especial predilección—. Lo que no podía imaginarme es que Horas cruentas, de la autora y periodista Casey Cep, fuese tantas cosas. El proceso fallido de una escritora universal pero, en apariencia, misántropa. Un true crime fascinante. Una espléndida historia de Alabama y, por ende, de todo el Sur de los Estados Unidos. Y una suerte de novela de suspense en tres actos.

Oriunda de la Costa Este de Maryland, donde reside junto a su familia, Casey Cep es graduada en Filología Inglesa por el Harvard College y máster en Teología en Oxford gracias a una beca Rhodes. Entre otros, sus trabajos han aparecido en el New York Times, el New Republic y el New Yorker, donde es redactora. Horas cruentas, publicado en 2019 en EE.UU., se convirtió en un inesperado best seller, siendo escogido entre los títulos del año para el New York Times, el Washington Post, el The Economist, la revista TIME o el expresidente Obama.  

Horas cruentas es el resultado de una extraordinaria investigación, que Cep comenzó hace un lustro, al conocerse la noticia del hallazgo de una segunda novela de Harper Lee, Ve y pon un centinela, secuela de Matar a un ruiseñor —cierto desde lo puramente literario—. Publicada en julio de 2015, cincuenta y cinco años después de la primera, cuando Harper tenía 89 —falleció en febrero de 2016— suscitó todo tipo de controversias sobre el papel de la editorial. Más aún al saberse que la obra era en realidad el borrador del que surgió su clásico. Así que Casey Cep se trasladó a Alabama para indagar sobre la polémica. Pero se encontró algo aún más sorprendente. Un tercer libro, inconcluso, tentativamente titulado El reverendo.

Con semejante planteamiento, Cep tendría para un curioso artículo u obra breve sobre ese «no-texto» —que se sepa, apenas existe un capítulo—. Una historia, admitamos en principio solo para devotos de Harper Lee, sobre un ingente trabajo de campo finalmente improductivo, el bloqueo del escritor, y el agobiante peso de la fama ante la segunda novela —hola Salinger—. Sin embargo Cep, lúcida y humilde, ve que la pesquisa relevante es la de Lee, no la suya, saliéndose del foco. De ese modo construye, con esmero y una prosa tan vivida como perspicaz —excepto algún Harper «masculinizado», impecable la traducción de María Alonso Seisdedos—, algo infinitamente más grande y perdurable. Horas cruentas son tres libros en uno, sorprendentemente concéntricos, reveladores de su tiempo, y llenos de intriga.

El reverendo Willie Maxwell junto a las noticias de sus presuntos crímenes.

El primero de ellos es el alucinante relato de Willie Maxwell, predicador negro de los alrededores de Alexander City y el lago Martin, Alabama, que presuntamente asesinó a seis miembros de su propia familia en la década de 1970. Tenía de todo. Muertes harto sospechosas, pero improbadas. Seguros de vida. Racismo cotidiano e institucionalizado. Matrimonios y relaciones improbables. Vudú y elementos sobrenaturales. Habladurías de una población aterrada, cimentando el mito en «la tierra de las leyendas». Giros inesperados de guión, con ese vecino tomándose la justicia por su mano. No es de extrañar que, en 1977, Harper Lee viajase a su Alabama natal en busca de ese jugosísimo material novelesco. 

En segundo lugar, tenemos la trama generada por el homicidio de Maxwell, lo que nos lleva a conocer al abogado Tom Radney —¿hubiese sido el protagonista de la obra inacabada de Lee?—, que defendió al reverendo frente a las repetidas acusaciones de asesinato y las suspicaces aseguradoras, para luego hacerse cargo del amparo del hombre que lo mató ante centenares de testigos. En esta parte, además de un juicio donde confluyen egos, idealismo, y surrealismo, Horas cruentas nos habla de política —Radney fue senador demócrata pro derechos civiles— y cruda segregación, con secundarios de lujo en el infame gobernador del estado George Wallace, la familia Kennedy o Martin Luther King. Apasionante.   

Cerrando queda el periplo de la propia Harper Lee. Casey Cep nos invita a revisar cómo se forjó Matar a un ruiseñor, lo que supone regresar a un libro entre libros. Emociona saber de la simbiosis Maycomb-Monroeville, o la de DillScout con los amigos de infancia Truman Capote y Lee —fundamental la narración de su estancia en Holcomb, Kansas, en 1959, ayudando a Capote a recabar los datos que darían lugar a A sangre fría, antecedente de su futura labor para El reverendo—. O la del inolvidable Atticus con el padre de la autora, Amasa Coleman —¡incluso se haría llamar así!—. Igual que el regocijo del lugar al saber del éxito de su paisana. También de lo costosa que fue su creación, con un papel crucial —que explica la existencia de Ve y pon un centinela— de los editores originales, auténticos benefactores de la escritora.   

No obstante, Horas cruentas nos introduce asimismo en el reverso oscuro de la notoriedad fulgurante. Su debut la convirtió en una celebridad millonaria de la noche a la mañana, algo que sobrepasaba su carácter retraído y sencillo. Y que paralizó sus intentos, desbordada por las expectativas, de acometer una segunda novela. Hasta toparse con el caso Maxwell diecisiete años después. Apoyada en sus averiguaciones, Cep aborda el pánico frente al folio en blanco y progresivo distanciamiento social de Lee. Igualmente, como la de Monroeville intentó por todos los medios trasladar a Maxwell y Radney al papel: entrevistando a protagonistas, acaparando toda información disponible… Pero no pudo ser. 

Desgraciadamente, El reverendo nunca llegó a materializarse. Pero, al menos, nos ha regalado Horas cruentas. Un libro maravilloso, a la altura de la arrebatadora historia, mejor dicho, historias, misterios y leyendas del Sur que nos detalla. Y de la extraordinaria, inmortal autora, objeto de la obra.