Limpiar las calles

Un asesino de mujeres que se prostituyen y un investigador que intenta detenerle es el argumento de Holy Spider resumido en una línea. Nada original si nos acordamos de los crímenes de Jack el destripador en Whitechapel en 1888. La ficción nos ha contado esta historia miles de veces, variaciones alrededor de una misma trama que cambia según la época y la moral de los tiempos. En la película de Ali Abbasi el giro novedoso es que la acción se sitúa en Irán, un estado represivo que limita los derechos de las mujeres, y el investigador es una mujer, una periodista que sufre en sus propias carnes la discriminación de género. Zar Amir Ebrahimi interpreta a esta mujer, Rahimi, y en la prensa encontraréis que varios puntos de su biografía real -vive en el exilio- coinciden con los de su personaje. Una mujer luchadora que se enfrenta a un mundo de hombres para salvar de la muerte a un grupo de mujeres explotadas que su país desprecia.

Abbasi, director de la fantástica Border (2018) y emigrado a Dinamarca, mezcla el realismo social, que retrata la sociedad iraní de forma despiadada, con la estilización del cine de género: esos paseos nocturnos en moto del asesino (Mehdi Bajestani) con la subyugante música compuesta por Martin Dirkov y la expresiva fotografía de Nadim Carlsen nos sumergen en un interesante thriller. Como Travis Bickle en Taxi Driver (1976) y Rorschach en Watchmen (1986), el asesino de Holy Spider sueña con una lluvia celestial que limpie la suciedad de las calles de su ciudad: se cree en una misión divina. Ya he dicho que el argumento, la persecución del asesino, no ofrece nada demasiado nuevo, pero Holy Spider va más allá y plantea que esta ‘Araña asesina’ es un monstruo, sin duda, pero que la sociedad que le ha engendrado también es monstruosa -una idea similar a la que plantea la serie Dahmer– algo palpable sobre todo en la forma sórdida y enfermiza en la que se plantean las relaciones -sentimentales, sexuales- entre hombres y mujeres. Estas ideas permiten un desenlace terrible, que me parece un alegato tremendo que me ha recordado nada menos que a una obra maestra como M, el vampiro de Düsseldorf (1931).