Hollywood

Lo que el viento se llevó

La atroz muerte de George Floyd ha provocado una sana, necesaria y emocionante reacción antirracista en todo el mundo. Uno de esos efectos, la decisión, muy criticada, de HBO Max de retirar de su catálogo el clásico Lo que el viento se llevó (1939) por su contenido racista. El gesto, en realidad, no fue tal: la película no fue eliminada del catálogo de una plataforma -decisión, quizás, exagerada, pero, al fin y al cabo, legítima, en cuanto una empresa privada puede hacer lo que le dé la gana- sino que el film protagonizado por Vivien Leigh era retirado temporalmente, con la promesa de ser restituido, eso sí, con un mensaje aclaratorio sobre el contexto histórico en el que fue rodada. Pues bien, lo cierto es que Lo que el viento se llevó siempre tuvo esos elementos racistas y siempre fue criticada por ello: su retirada temporal no es una consecuencia de la muerte de Floyd, ni un capricho de un nuevo clima de corrección política -por otro lado, innegable- que muchas veces roza la censura. La película tiene elementos racistas y sigue siendo un clásico del cine, por el que, paradójicamente, la actriz Hattie McDaniel se convirtió en la primera afroamericana en ganar un Oscar. Tampoco dejan de ser importantes El nacimiento de una nación (1915) o El triunfo de la voluntad (1935) por mucho que las ideologías que expresan nos resulten repugnantes. 

En este clima resulta muy pertinente ver la serie Hollywood, disponible en Netflix. La ficción de Ryan Murphy establece un diálogo directo con Lo que el viento se llevó –Hattie McDaniel y Vivien Leigh aparecen interpretadas por Queen Latifah y Katie McGuinness– para hablar de la meca del cine y de su lado oscuro, conservador, racista y homófobo. Murphy, como show runner, siempre se ha empeñado en imprimir en sus series un subtexto progresista y crítico con la marginación y discriminación de los afroamericanos, de los homosexuales y de las mujeres, véase desde American Horror Story, pasando por American Crime StoryEl asesinato de Gianni Versace y hasta, por supuesto, Pose. Aquí, Murphy mezcla esos elementos reivindicativos con otro de sus temas favoritos, la trastienda del Hollywood clásico, y mítico, ya revisados en Feud. Así, utilizando el melodrama como género dramático base, la serie propone una serie de personajes -actores, directores, guionistas, productores- que buscan triunfar en el mundo del cine y cumplir sus sueños. Pero detrás de esos deseos de fama y fortuna, se esconde la búsqueda de la igualdad, la lucha contra el racismo, la homofobia y el machismo. La historia mezcla personajes de ficción, con personajes reales: Rock HudsonHenry Wilson, o George Cukor y juega con ellos para hablarnos de cómo los negros no tenían derecho a nada, las mujeres estaban relegadas a un rol secundario y los gays no podían caminar de la mano con el amor de su vida. 

Hollywood nos habla de hipocresía -todos los personajes tienen una doble faceta- y de cómo nacer en la época equivocada impidió la felicidad personal de muchas personas que fueron víctimas de los prejuicios. La serie es también una fuente apasionante de cotilleos: la historia real de Peg Entwistle que narra la película dentro de la serie; las fiestas de George Cukor llenas de jovencitos guapos; la homosexualidad de una gran estrella como Rock Hudson -que no se desveló hasta que murió de SIDA-; la falta de humanidad del representante Henry Wilson, al que da vida Jim Parsons. Con estos elementos de injusticia social, Hollywood podría haber sido un drama con elementos trágicos, pero Murphy nos sorprende. Lo que comienza siendo una historia sórdida de sexo, prostitución y encuentros clandestinos, se mantiene siempre ligera, con el fin máximo de entretener, para acabar convirtiéndose en cuento de hadas digno de una película de, lo habéis adivinado, de Hollywood, pero rescribiendo el mensaje conservador de la gran industria del cine para proponer una historia alternativa de inclusión e igualdad.