Probablemente te suene la historia: un periodista, detective o policía, hundido por un trágico pasado, con problemas de alcoholismo, recibe un nuevo caso que, evidentemente, hará aflorar todos sus traumas. En la serie que nos ocupa, tenemos, además, el regreso de ese protagonista al pequeño pueblo de su niñez y el reencuentro con una familia conflictiva. Añadamos un elemento macabro, el de un asesino en serie de adolescentes. La historia de Heridas abiertas ha sido contada mil veces. Camille Preaker (Amy Adams) es una periodista en el peor momento de su carrera -y de su vida- que debe volver a su pueblo natal, Wind Gap, para cubrir una serie de crímenes. Allí deberá enfrentarse a su madre, Adora Crellin (Patricia Clarkson) matriarca absoluta de una casa de muñecas congelada en el tiempo. La herida abierta del título, traducido al castellano, es la muerte de un ser querido. Los objetos afilados del título, en inglés, son los utilizados por Camille para llenar su cuerpo de cicatrices buscando aliviar su dolor. Lo mejor de esta serie es precisamente ese cuerpo, el de Amy Adams, que tras ser ninguneada por sus interpretaciones en La llamada (2017) y Animales nocturnos (2016), vuelve a demostrar su talento componiendo un personaje verdaderamente atormentado. Su Camille fue una “niña perdida”, aunque no se la llevase un asesino en serie. La interpretación de Adams se apoya en un director como Jean-Marc ValléeBig Little Lies– que rueda esta serie, sé que es un lugar común decirlo, como si fuera cine. Su narrativa y sus soluciones formales no tienen nada que ver con la realización estándar de otras ficciones catódicas. La cámara de Vallée, primero, se interesa por los gestos de Adams, cuyo punto de vista reina sobre el relato, mezclándose con flashbacks en los que vemos a Camille de niña, interpretada por Sophia Lillis -la Beverly Marsh de It (2017)-. La planificación de Vallée busca imágenes sensoriales: que cada sorbo de alcohol -y hay muchos- que cada cigarrillo, que la luz del sol tras la resaca, que las cicatrices de la piel, se sientan a través de la pantalla. Esas sensaciones y esos flashbacks sustituyen la narración literaria de la novela original de Gillian Flynn. Otro elemento importante es la banda sonora: una gran cantidad de canciones aparecen solo en el primer episodio, capturando y reflejando el estado de ánimo de Camille.

El otro ingrediente que hace interesante la serie es su decidido carácter femenino. La novela de Flynn ha sido llevada a la televisión por Marti Noxon -productora de Buffy, Cazavampiros– con la complicidad en la producción de Amy Adams, y con un director que ha demostrado su sensibilidad para el retrato femenino como Vallée. Esta visión femenina -y feminista- aporta un hilo subterráneo a esta ficción, en la que todas esas chicas del ficticio pueblo de Wind Gap se rebelan ante lo que se espera de ellas. Desde las niñas asesinadas por no obedecer a unos padres excesivamente estrictos; pasando por la adolescente Amma (Eliza Scanlen), obligada a llevar una doble vida que ni Laura Palmer -dice ser “la muñeca que a su madre le gusta vestir”-; y hasta la propia protagonista, empeñada en escapar de la sombra de su progenitora y de la esclavitud del ‘qué dirán’. No es casualidad que el castigo a esa rebelión sea el peligro de ser secuestradas, asesinadas y violadas en un pueblo machista y conservador. El miedo juega contra ellas: la policía, los padres, utilizarán la carta de que su seguridad está en peligro para obligarlas a actuar según las normas.

En el mismo sentido, hay una imagen que no debe ser casual y que se repite desde la misma cabecera de la serie: una araña teje su tela para atrapar a su presa. La imagen de este artrópodo depredador, de esa ley de la selva que se esconde lejos de la vista, en los rincones, entre la hierba, remite a Terciopelo azul (1986) y sus insectos pululando bajo el césped recién cortado en una ciudad estadounidense aparentemente ideal. Un concepto que David Lynch desarrolló en la famosa Twin Peaks, referente aparentemente ineludible cuando hablamos del retrato de un pequeño pueblo. Aquí, Wind Gap, como suele decirse, es un personaje más, que esclaviza a sus habitantes: el ‘qué dirán’ que preocupa tanto a la todopoderosa Adora; el comisario Bill Vickery (Matt Craven), presionado por no defraudar a los que debe proteger; esos jóvenes que sueñan con escapar de allí y esos maduros frustrados por haberse quedado; el coro de mujeres cotillas -destaquemos a la veterana Elizabeth Perkins como Jackie-, envidiosas, insidiosas -antes fueron las animadoras, las cheerleaders– que se convierten en la auténtica “voz” del pueblo, en lo peor de ese lugar de cuyas memorias -de pérdida, de violación, de sueños perdidos- intenta escapar Camille. Las banderas estadounidenses de las fachadas, los comentarios conservadores, racistas y homófobos susurrados, la celebración y representación de un episodio heroico del ejército sudista -en el capítulo Closer– buscan dibujar el retrato de una parte de Estados Unidos, la de la América profunda, la del sur, la de esa mayoría blanca que se siente discriminada y que sueña con hacer realidad el eslogan de “Make America Great Again”.

Heridas abiertas se compone de 8 capítulos. Los seis primeros son morbosamente apasionantes, pero, se resienten por cierta redundancia narrativa. El argumento vuelve una y otra vez sobre las mismas cuestiones. Los dos últimos episodios, electrizantes y agobiantes, son todo un ejercicio de tensión y claustrofobia. Lamentablemente, creo, personalmente, que el final se resiente por dos o tres momentos algo forzados, especialmente el giro que descubre el gran secreto de esta historia. Lamento que el desenlace de esta miniserie se deba más a la sorpresa y al impacto -que los tiene- que a fabricar un cierre dramático acorde a estos personajes. Pero esa es, simplemente, una opinión personal.