No hemos acabado con el caso Weinstein. Tras la lección de periodismo de She said, es el turno de la ficción con Harvey, de Emma Cline, publicado por Anagrama. Una nouvelle de apenas un centenar de páginas, que adopta el punto de vista del productor de cine durante las 24 horas previas a recibir la sentencia condenatoria a 29 años de cárcel por delito sexual y violación. Un relato introspectivo, perspicaz y brumoso, del derrumbe en primera persona.  

Está claro que a Emma Cline no le amilanan los retos. No contenta con dar cuenta del monstruo de Charles Manson —aunque no sea exactamente el eje de la obra, sino su contexto y trasfondo— en su estupendo debut Las chicas, ahora se las ve con otro, Harvey Weinstein. La autora californiana escribió este texto en 2020, siendo publicado originalmente ese junio en la revista New Yorker, cuando aún no se conocía el resultado del juicio. Y parece que el detonante fue una noticia en la que se contaba como el caído mecenas hollywoodiense pasaba el tiempo recluido en casa de un amigo suyo, con Netflix y la búsqueda de su propio nombre en Google como principales distracciones. 

Esa enrarecida «vida doméstica» previa al conocido desenlace, en la que asoma también algo muy parecido al delirio, es una apuesta bastante arriesgada, la verdad. Harvey podría haber caído en la sátira más corrosiva, el alegato vilipendiador o, al contrario, el trazo psicológico de impronta realista resultado de una exhaustiva investigación. Sin embargo, Cline prefiere transitar su propio camino. Uno más preocupado por el esbozo de un lado humano muy particular, donde el patetismo, incluso la chabacanería, van de la mano del momento de inmensa zozobra y fragilidad de un otrora intocable. 

¿Ambiguo? Puede, si lo que se esperaba era la simple —y, obviamente, más que pertinente— denuncia, o ajusticiamiento en prosa. No obstante, ni por asomo creo que Emma Cline esté blanqueando al siniestro personaje —alguna crítica por ahí lo insinúa—. No, Harvey es literatura que apuesta por la sutileza en su fabulación. Lo que nos permite transitar por una fascinante pesadilla a cámara lenta que podría coquetear con las ensoñaciones de David Lynch o del Monty Brogan de la magistral La última noche de Spike Lee. Por un relato del poder cuando este se ha esfumado y solo queda una desamparada torre de marfil basada en el autoengaño. La falsa fortaleza de una soledad que, sabemos, está a punto de quebrarse.    

De hecho, pese a la brevedad del texto, creo que Cline tiene tiempo para atizarle unas cuantas andanadas, nada compasivas, a su Harvey. Un Napoleón renco y achacoso. Un ser triste, cada vez más pequeño, que busca alivio en esporádicos apoyos virtuales en un océano de escarnio público. Que cree tener de vecino al escritor Don DeLillo, magnífico retrato del ego desquiciado que, en un giro del destino —autodefensa—, le permite maquinar un inminente —e imposible, claro— rodaje de la más dificil de todas las adaptaciones, Ruido de fondo, el retorno más prestigioso que un productor pudiera soñar. A quien sus familiares apenas soportan ver… 

En realidad, pese a lo sucinto del libro —traduce la siempre brillante Inga Pellisa, así que, como ya pasara con Las chicas, nada perdemos—, diría que Cline ha dado en el clavo. Porque Harvey expone la hora más amarga y vulnerable, pero también mundana, de alguien acostumbrado a imponer su execrable voluntad. A quien los vestigios de esa aura propia de los de su clase —implacablemente reflejada, ni el mando de la tele es capaz de encender solo—, los del 1%, ya no protege. Para un tipo tan pagado de sí mismo, esta foto fija de mezquindad vulgar, en las antípodas del glamour, debe escocer sobremanera. Ni siquiera mereces ser un villano memorable, parece decirle la autora. Bien por Emma Cline.