Hand Habits, “placeholder” (Saddle Creek 2019)

Algo ha de tener este placeholder, que ya empieza a generar ese runrún que parece patrimonio exclusivo de los discos importantes (los que se cuelan al final de año en casi todas las listas), a pesar de que en apariencia es un disco sencillo e inofensivo hasta el punto de no emplear mayúsculas ni en su título ni en el de sus canciones. Ese, quizás, sea uno de los grandes méritos de Meg Duffy, la habilidad para encerrar grandes sensaciones y complejas capas en piezas que en una escucha casual podrían parecer íntimas y desvestidas. De hecho, la práctica totalidad de canciones de este segundo disco de Hand Habits (la banda que prácticamente lidera en solitario Duffy, aunque a ella prefiera que usemos el plural para referirnos a su trabajo bajo este nombre) parecen partir del esqueleto de una guitarra acústica, para ser luego vestidas con mimo y precisión, sin malgastar sonidos ni arreglos innecesarios.

De manera sorprendente, lo que podría antojarse como una escucha un tanto monótona, ya que el tono general del disco es equilibrado y lánguido, se convierte en una experiencia fascinante que provoca adicción creciente. Pocos podríamos haber imaginado que Duffy adoptaría esta estrategia artística para su proyecto personal, ya que tocaba esperar algo más exuberante a juzgar por sus piruetas guitarrísticas en la banda de Kevin Morby (o como guitarra invitada nada menos que de The War on Drugs, justo cuando Adam Granduciel no es ni mucho menos manco con las seis cuerdas). No en vano, su gran referente reconocido es Nels Cline, y ya ha demostrado en más de una ocasión que, si se lo propone, no le cuesta nada emular los momentos más electrizantes del guitarrista de Wilco. Puede parecer que este disco no nos deja nada de eso, pero justamente uno de sus muchos alicientes son los esporádicos latigazos de electricidad con los que Duffy va salpicando unas piezas de gran carga poética y evocadora. Su delicada voz es su otro as en la manga, perfecta para este tipo de composiciones y a menudo multiplicada a través de varias pistas, ya sea para reforzar la melodía principal o para proporcionar suaves armonías a veces imperceptibles.

Esa llegada constante de alicientes que nunca nos cabe esperar llega a su cumbre justo al final del disco, con la notoria the book on how to change pt.2, que cuando parece ya haberlo dicho todo para dejarnos con su regusto tristón, resucita con una coda preciosa que hace uno de los mejores usos del saxo en el folk rock desde los tiempos de The Band.