8 Oct 2026 15.035 artículos desde 2008
Libros

Hambre, Knut Hamsun (Nórdica, 2026)

Hambre-Indienauta

Hoy me las veo con un clásico boreal de la mano de —no podía ser otra— Nórdica libros. Me refiero a Hambre, del premio nobel de literatura Knut Hamsun. Considerada la novela noruega más influyente de la historia, así como una obra imprescindible de la literatura universal. El periplo, narrado en primera persona, de un hombre anónimo sumido en la miseria por la entonces Christiania —hoy Oslo— de finales del siglo XIX. Una pionera exploración de la mente humana ante la adversidad y la carestía más acuciante, anticipando la llegada de la novela psicológica contemporánea. 

Bajo el seudónimo de Knut Hamsun —nombre de la finca donde pasó su infancia— tenemos a Knut Pedersen (Lommel Gudbrandsdal, 1859 – Grimstad, 1952), uno de los autores más reputados y, a la vez, controvertidos, de las letras nórdicas. Autodidacta —apenas pisó el colegio—, su vida laboral fue de lo más diversa: aprendiz de zapatero, carbonero, maestro de escuela, picapedrero, empleado comercial, vendedor ambulante y escribiente policial. Emigró a Estados Unidos en 1882, donde ejerció de tranviario y agricultor, regresando a Noruega en 1888, igual de pobre que antes. Esa situación de extrema necesidad se reflejó en Hambre, publicada en 1890, que le convirtió en una celebridad que, con la vejez, se tornaría de lo más problemática.

Porque con el éxito de su producción literaria —que Nórdica, siempre con la traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, va expandiendo en castellano— llegó la expresión pública de su ideología… filonazi. Una cosa es el deseo de la vida bucólica —vivió largos períodos en una cabaña del bosque— y el odio a la gran ciudad industrial, epitomizada por su anglofobia y el repudio a lo vivido en EE.UU.. Y otra muy distinta es defender el Tercer Reich, regalar la medalla del Nobel de Literatura obtenido en 1920 nada menos que a Goebbels, o visitar a su admirado Hitler en 1943 —de poco vale que le reprobara «la cuestión judía»—. Hamsun fue arrestado y acusado de traición a la patria tras el final de la Guerra, pero su avanzada edad —ochenta y cinco años—, y la sospecha de trastornos mentales le salvaron del fusilamiento, siendo internado en un psiquiátrico. 

Afortunadamente, no hay «síndrome Quisling» —hoy lo reemplazaría Mark Rutte—, ni trazas de la aberración mental y moral nazi en Hambre. Y eso, pese a que la novela abunda en su autobiografía, el trasunto ficticio llevado al paroxismo de sus años de penurias y estrecheces en la dura, emocionalmente inhóspita Christiania. Un hombre —asumimos juventud, pero no tenemos referencias de edad— sin nombre, familia ni trabajo estable. Un supuesto escritor vocacional, que aspira a que alguno de sus «brillantes» artículos no requeridos —de forma milagrosa, logra «colar» un par— le coloque en la situación de estabilidad que «sin duda» merece —un intelectual por descubrir, con mucho que decir—. Pero que, mientras tanto, deambula solitario, canino. Desamparado. 

Sin embargo, diría que para Hamsun el relato superficial no es demasiado relevante. Sino más bien la excusa para sumergirse en una «aventura», en forma y fondo, hasta las profundidades de la psique humana en sus instantes más frágiles y bajos. En ese sentido, Hambre es la exploración literaria del comportamiento errático. De la irracionalidad. Porque nuestro protagonista ahora se flagela, ahora muestra sus delirios de grandeza. Es un «intrigante» de cuidado. Y, sobre todo, no deja de sabotearse. Incluso cuando ello signifique quedar a la intemperie, a merced de los elementos. La ciudad no ayuda, pero muy probablemente él es su peor enemigo. 

Ahí reside la fuerza y modernidad de Hambre. El autor noruego apostó por el flujo de conciencia como forma narrativa. Dándole un giro radical al naturalismo literario de la época. Es Leopold Bloom treinta años antes de que James Joyce lo inventase. Franz Kafka antes de Franz Kafka. Y es que a la vez y a través de una mente desquiciada Hamsun nos invita a recorrer ese lado marginal de la antigua Oslo. Lo que nos sumerge en un auténtico viacrucis de desolación, condensado en cuchitriles improvisados, casas de empeños, celdas donde pasar la noche y eternos, atribulados paseos. En busca de maneras con las que agenciarse alguna corona para seguir en pie y subsanar temporalmente el apetito atroz. 

El lector vive esas privaciones acuciantes entre la sorpresa y la congoja. Ello se debe a la inusual crudeza con la que están descritas. Se siente la constante cercanía del abismo. No es todo. Pese a sus penalidades —con escenas indelebles, como la de las gafas o los botones de su raída americana—, incluso ese declive físico que acompaña a su caída emocional, Hamsun no pretende ganarnos con la compasión. Es más, me atrevería a decir que, aunque dudemos de su salud mental, nuestro protagonista ni siquiera nos cae bien. Sus permanentes cuitas, ínfulas, juicios e invectivas ante lo que le rodea y, con frecuencia, le repugna —¿quizás reflejo de los pensamientos del autor?— nos enseñan a un tipo tan agriado como frágil.  

La transgresora propuesta de Knut Hamsun tiene evidentes peajes. En Hambre la acción escasea. Ídem respecto a la trama, que apenas evoluciona. Uno se topa con frecuentes reiteraciones. De hecho, las cuatro partes en las que se divide la obra repiten desarrollo. Lo que, pese a su relativa brevedad —sobre las doscientas páginas— puede fatigar al lector. No obstante, funciona. Por su asombroso arrojo narrativo. Su insobornable búsqueda de las oscilaciones extremas de una mente en demolición. Y por verter al papel una espiral hacia la autodestrucción —¿cuánto es real?, ¿y si ha elegido sufrir?— sin concesiones. En definitiva, una obra de excepcional riesgo, precursora y aún contemporánea ciento treinta y seis años tras su publicación.